domingo, 16 de marzo de 2008

El teatro de la peste


“Oye, dime, nena, adonde ves ahora algo en mi
que no detestes.”
Luis Alberto Spinetta

Lo encontré en el Boulevard St. Michel a pocos metros de La Sorbona. Se terminaba el invierno y los retoños de la primavera mostraban su gala. Vestía de negro, su cráneo cadavérico, su largo abrigo, su extenso y finísimo cuerpo, el cuello del sobretodo levantado y la cabeza como la de un buitre escondida en el ropaje. Un negro fantasma recorría las calles del Barrio Latino. Camine junto a su pasos sin interrumpir sus pensamientos. Nos acercamos al aula donde él daría su conferencia, dentro de un ciclo a cargo del psicoanalista René Allendy.

Ese día de marzo constituye la experiencia mas profunda que me ha tocado vivir.

El está allí, es Artaud y no habla con nadie, los presentes esperan a un surrealista, a un poeta negro. Temen acercarse a él y a su obra, como temen acercarse a su locura. Allendy se aproxima y lo invita a subir al estrado. Una luz única blanca, opaca y tenue desciende desde lo alto del techo sobre los dos hombres sentados en sillas, el ambiente está despojado de otros muebles. Artaud, sentado, las manos entre sus piernas abiertas, los codos apoyados en sus huesudas rodillas, la cabeza gacha, mientras Allendy lo presenta. De pronto queda sólo y como si recién en ese instante se diera cuenta de la finalidad de su presencia allí, comienza a hablar. Levanta la vista y como si fuera la única persona en el auditorio me mira, estoy sentada en la primera fila, sus ojos me despojan, me penetran, me horadan la piel y desnudan mi alma. Habla y trata de recordarnos que fue durante la Peste cuando llegaron a producirse maravillosas obras de arte y de teatro, porque el hombre, frustrado por el miedo a la muerte, dice, persigue la inmortalidad. Habla Artaud sobre el Teatro y la Peste. Mientras habla y me mira pienso, se alejan sus palabras que conozco y me pregunto cuando empezó esto que ahora va a terminar, como termina el amor y también termina la razón. Esta feroz lucidez que ahora tengo, que me permite adentrarme en su alma como una retrospectiva tempestuosa, que me permite ver que es una despedida, un pasaje de un estado primitivo a un estadío superior, me avisa que este es el final del Artuad que hasta hoy fue. Artaud abandonando a Artaud, su alma, su ser están mas allá de todos los hombres, se está despojando del cuerpo, está rompiendo el equilibrio de la lógica del cuerpo, entrando en la esencia del ser, perdiendo definitivamente la razón de los hombres. “Artaud...la cara de mis alucinaciones. Los ojos alucinados. Los rasgos angulosos, tallados por el dolor. El hombre soñador, diabólico e inocente, frágil, nervioso, potente. Cada vez que se cruzan nuestras miradas, me sumerjo en mi mundo imaginario.”[1] Cada vez que se cruzan nuestras miradas percibo lo que vendrá.
Artaud está extendiendo su imperio mucho más allá de los límites soportables de la razón humana.

Artaud habla: “No podemos seguir prostituyendo la idea del teatro, que tiene un único valor: su relación atroz y mágica con la realidad y el peligro”[2]. Dice: el teatro pide nuevos sonidos, ruidos insoportables, desgarradores; luces opacas, densas, tenues; el teatro pide suprimir la escena y la sala, el decorado y las piezas escritas, el teatro reclama otro espectáculo. Reclama la cruda realidad en la escena, la cruda visualización de lo que se es, imágenes de lo que no se es. No un escenario sino el dolor mismo, única cama donde descansa la realidad.
El esfuerzo que Artaud hace por explicar lo que no pueden entender los pobres intelectuales allí reunidos, lo va desesperando y a la vez preparándose para su transmutación.

Artaud hace silencio, un largo silencio que incomoda al auditorio. Ya no me mira, ya no busca mis ojos, ya se ha ido de nosotros, del fuego que nos quemaba, Artaud no esta actuando, Artaud abandonó su cuerpo, Artaud esta atravesando la vivencia del dolor y va a hacer participar de su experiencia a los presentes. Lo que era una conferencia sobre el Teatro y la Peste, pasó a ser “La Peste”.
Casi imperceptiblemente, abandonó el hilo que seguíamos y comenzó a actuar como alguien que se estuviera muriendo de cólera. Caído sobre el piso, metiendo sus dedos en su boca, vomitando sus flemas apestosas, temblando su fiebre negra, la boca seca, pastosa, los ojos extraviados muriendo en la escena, para ilustrar la conferencia, Artaud representaba una agonía. Al principio la gente contenía la respiración. El incomodo auditorio no sabe y no entiende a una mente libre de las ataduras de la razón. Después se puso a reír. ¡Todo el mundo reía! Silbaban.
Había hacia el fondo de la sala una media docena de tristes graciosos, se burlaban. Con muchas ganas los incondicionales de Artaud hubiéramos actuado, pero el genio de Antonin nos permitió asistir a ese espectáculo. Artaud triunfaba, mantenía a distancia la burla, la necedad insolente.
Yo conocía bien a Artaud, su desamparo y su genio, nunca hasta entonces me había parecido tan admirable. De su ser material nada subsistía, solo lo expresivo. Su estatura desgarbada, su rostro consumido por la llama interior, sus manos extendidas hacia la nada, como las manos de quien se ahoga, tendidas hacia un inasible socorro. Artaud retorciéndose en la angustia, ahora cubriendo estrechamente su rostro, ocultando su cara y mostrándola alternativamente. Todo en él narraba la abominable miseria humana, una especie de condenación inapelable, sin otra escapatoria posible que su lirismo arrebatado del que llegan al público solo fulgores obscenos, agresivos y blasfemos. Ahí estaba el actor maravilloso en el cual podía convertirse. Pero es su propio personaje lo que ofrece, una especie de farsa desvergonzada donde se transparenta una autenticidad total. La razón retrocede derrotada, no solo la suya sino la del auditorio, espectadores de un drama atroz. Ya nadie entre los asistentes tenia ganas de reír Artaud nos metió en su juego trágico de rebelión contra aquello que, admitido por todos, permanece inadmisible para el más puro.

Dijo:
“Aun no hemos nacido.
Aun no estamos en el mundo,
Aun no hay mundo
Aun las cosas no han sido hechas
La razón de ser no ha sido encontrada”[3].

Se sentó nuevamente en su silla, abrió sus largas piernas, apoyó los codos en las huesudas rodillas y bajó la cabeza. El publico estaba conmovido, miserablemente conmovido. La peste, la locura, había entrado en sus casas y ya no saldría. Se acababa de ver a un hombre miserable, atrozmente sacudido, al borde del precipicio infinito expuesto a las tormentas de un rito donde es el sacerdote y la hostia.

Me sentí avergonzada de retomar el lugar en un mundo donde la comodidad está hecha de compromisos.

De uno en uno, empezaron a irse silenciosamente.

Me acerque, puse mi mano sobre su hombro, sentí sus temblores, el cuerpo regresaba al cuerpo, levantó la vista, su rostro reflejaba un cansancio milenario, bajo sus ojos, enormes ojeras que reflejaban que lo que había ocurrido no había sido en vano. Gimió algunas palabras con los dientes apretados, negros del vómito, creí escuchar “no estoy atado a ningún sueño, el mundo ya no puede atraparme.”[4]

Nos fuimos sin hablarnos.
[1] Anais Nin, en "Incesto: diario no expurgado"
[2] Artaud “El Teatro de la Crueldad”
[3] Antonin Artaud. “El ombligo de los Limbos”
[4] “Las habladurías del mundo” del Disco Artaud de Pescado Rabioso, Letra y Música: Luis Alberto Spinetta

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