domingo, 16 de marzo de 2008

Embrujado por la muerte


“La derrota tiene una dignidad
que la ruidosa victoria no merece”
J. L. Borges
[1]

¿Quien te nombró?. ¿Quién y cuando te dieron el nombre?.
Tu abuelo, cumpliendo la milenaria tradición te llamó Kimitake Hiraoka.
Fuiste hijo de la sobreprotección de tu madre y tu abuela, rodeado de sedas y kimonos.
¿Quien te nombró?. Si tu padre el guerrero imperial, solo te mostraba la dureza y la rigidez de la fuerza y del valor militar.
¿Quién te nombró, Yukiro Mishima?
¿Quién te nombró “Demonio misterioso embrujado por la muerte”?

Si el destino le dio a tu pueblo la guerra y la derrota, si fueron dos veces derrotados.
Derrotados por las bombas del diabólico americano.
Derrotados cuando perdieron la sabiduría del jardín.

¿Quien te nombró demonio por santo, si tu juventud desnuda, atada, es atravesada por las flechas de la agonía y el éxtasis. Si sos el ejemplo más desgarrador de los arquetipos en el combate eterno entre las visiones de mundo?.

¿Quien te hará abdicar de tu condición de Hijo del Sol?

Elegiste la muerte digna al ocaso de la miseria de ver destruido lo que soñaste.
Decidiste sacrificarte por las viejas y olvidadas tradiciones de tu pueblo.
Cultivaste una muerte bella y heroica en honor a la sabiduría derrotada.
Si cometen el homicidio cultural más bárbaro ejercido sobre el mundo,
si ese brutal puñal es clavado en el corazón de tu gente,
si los hongos atómicos.
¿Cómo no elegir la belleza de la muerte?.

Si la muerte se abre entre los caminos, hay que elegir aquel que garantice la muerte más bella.
Ella jamás es un deshonor. Nunca es vana.

Un día temprano, en la mañana, con el valor de la ternura diaria. Un día temprano saliste de tu casa a encontrarte con tus camaradas. Porque valiente formaste un ejercito sin guerra para guardar el honor de tus antepasados. Para guardar el valor del samurai.
Un día temprano te vestiste con la ropa del heroísmo y samurai subiste a la gloria.
Un día temprano actuaste todos los ritos que habías aprendido de tus padres. Todos los pasos del ritual del guerrero.
Un día ante la formación de soldados demostraste que el valor no es negligencia cuando se puede morir como se vivió. Y de rodillas recibiste la muerte como un guerrero derrotado. Un día fue la ceremonia del guerrero al cual solo le queda el honor de la muerte ante la derrota.

Tus ojos Mishima. ¿Qué dicen tus ojos?. Cargados de deseo, de furia, de tristeza.

¿Qué miedo atravesaba tus sueños Mishima, aquella mañana de noviembre, el día en que se abrieron las puertas del honor y te quitaste la vida haciéndote el harakiri con tu espada samurai.

Son cuatro los miembros de la Sociedad del Escudo.
Son cuatro en el cuartel central del ejército japonés.
Se entrega el comandante Mashita, que era tu amigo.

Desde el balcón hablaste, Mishima, a los soldados reunidos.

“la occidentalización del Japón conducirá a la pérdida de las antiguas tradiciones y por lo tanto, a la destrucción cultural. El tratado de paz que obliga a la desmilitarización, nos somete. El emperador, símbolo de la nación, es el único heredero del Sol Naciente.”

No te entendieron Mishima, te llamaron loco.
Entonces regresaste a la sala, y clavaste la espada en tu vientre y casi al mismo tiempo uno de tus hombres, en un gesto de misericordia, te decapitó, como indica el ritual del seppuku.

¿Qué valor guardará tu sangre Mishima?

La noche así lo requiriere. Y es tu vientre la ofrenda.
Tu belleza interna, tus tripas, tu corazón a los derrotados de todos los tiempos.

Mishima, tu cuerpo será el capullo del cerezo, bello y efímero pero fecundo en la eternidad del ejemplo.

Puede un hombre hacer literatura, puede un hombre venderse la ilusión de las teorías. Puede un hombre vivir como piensa. Son pocos, los que como vos Mishima, eligen morir como viven.
[1] “Nota para un cuento fantástico – La Cifra”

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