domingo, 16 de marzo de 2008

Ezra Pound. La historia enjaulada


a: Teleforo Collado



He intentado escribir el paraíso
Que los Dioses perdonen lo que he hecho
Que aquellos que amo traten de perdonar
lo que he hecho”
“Los Cantos” - Ezra Pound


Me recuerdo al pie de la gran escalera, esperando con los ojos cerrados, esperando. Tratando de recordar el número exacto de escalones. Escalones que conté mil veces, subiendo y bajando, infinidad de veces escalones que me separaban de abrazo afectuoso de mi padre. Me recuerdo dudando, tratando de hacer memoria, de ser memo, de rescatar de la oscuridad del pasado el número exacto de escalones que me separaban de él. Jugaba á ser ciego, sin ojos, acercarme, abrazarle, aferrarme, unirme a su cuerpo, sentir su protección, tomar su seguridad.

Dudaba, siempre dudaba, dudo hoy como entonces. Si en este instante estuviera ahí, dudaría del número exacto de escalones, si eran cuarenta o treinta y ocho o cuarenta y dos. Nunca lo supe, no lo se hoy. Trato de recordarlo, es un juego, eso me mantiene vivo, el recuerdo me mantiene vivo. Si no recordara los momentos donde esperaba la dicha en el pasado, estará ya muerto. Esta suciedad mata , esta miseria mata. Trato de recordar, es un esfuerzo para escaparme con el pasado. Para irme con el pasado para encontrar la seguridad que me daba el abrazo de mi padre. Pero sé que es un juego y que es difícil recordar aquello de lo que no se ha tenido certeza; no se si eran treinta y nueve o cuarenta y tres; pero se que arriba, allá en la cima está el abrazo fuerte y afectuoso de mi padre. Ahora estoy sucio, meses sin que el agua toque mi cuerpo, meses viviendo este monótono sufrimiento, la misma miseria de este campo de concentración. Solo se acuerdan de mí para torturarme, todo es una tortura. Quisiera saber cuantos escalones me separan del abrazo de mi padre, cuantos escalones tengo que subir como un ciego para encontrar el abrazo caluroso de un congénere. Quisiera saber por que tienen que humillarme, que he hecho de malo en la vida para merecer esta tortura. Recuerdo claramente como contaba los escalones, con lo ojos apretados para no hacerme trampas, para no hacer trampas. Era un juego entonces, el recuerdo es un juego hoy. No puedo recordar la cifra exacta de escalones, se que los contaba y olvidaba la cuenta entre los brazos de mi padre. Su abrazo me haría olvidar del número. Al final de la escalera solo importaba su abrazo. Mi padre estaba siempre esperando allá arriba, él había ya atravesado la enorme puerta y al borde de la gran escalera siempre estaba él para hacerme olvidar la cuenta. Subir esas escaleras y encontrarme con su abrazo, era como visitar a Dios, un gran Dios, con su particular olor a transpiración, un agradable olor que si hoy sierro los ojos puedo encontrarlo en los recovecos de mi mente. Me tomaba de la mano y me acompañaba por los anchos pasillos del palacio. El estaba rodeado de todas esas monedas y de todo ese oro, que movía de un lado a otro y su sudor caía sobre el metal color sol.
El estaba rodeado de todo el oro de la Casa de la Moneda del país mas poderoso de occidente. El ejemplo de occidente. El custodiaba todo ese oro, todo ese poder. Mientras caminábamos entre las monedas y los lingotes, me solía decirme: “Aquí está el poder, este es el poder de los Estados Unidos de América del Norte”. Pero lo cierto que él custodiaba todo ese dinero de todos, el dinero de la libertad, el dinero de la democracia como el solía decir. Mi padre cumplía con su trabajo, para mi, visitarlo allí, era como visitar a Dios.
El cumplía bien con su trabajo, él me enseño a ser un buen ciudadano.
Visitaba a mi padre en su trabajo, las dependencias del gobierno eran mucho menos formales entonces, entraba con mi padre y me ponía a jugar con las monedas del tesoro. Podía visitar la fundición si se me ocurría. Veía la caja de seguridad llena de lingotes de oro. Mi padre me daba una enorme bolsa de oro y me decía:
- Si puedes alzarla, si sos capaz, puedes llevártela. Era imposible.
Ahora el país mas poderoso de occidente me tiene enjaulado en este pueblo que me cobijó, no como un rehén, no, me tienen enjaulado como a una fiera, como a un animal. Tengo que cagar en esta lata. Me lastimo el culo cuando cago, me tajeo si no tengo un poco de cuidado. Después tengo que lavar bien la lata, inmediatamente me sirven la comida, me acostumbre a comer. Tratan de humillarme, tratan de transformarme en un animal, en una tonta vaca. Ellos creen que tengo un nombre, un nombre americano con cierto reconocimiento.
No saben que no soy nada, soy solo un poeta, que no quiso más que denunciar lo mal que hacían las cosas sus propios compatriotas, después de ganar la gran guerra. El pié humilde, el poético humilde pié, critica al brazo poderoso. Soy un americano que de niño sintió el orgullo de su padre y de su nación. Pero hoy la nación orgullo de las democracias del mundo, me condena a esta jaula, en la cual me pasean por toda la ciudad de Pisa, de Rapallo a Pisa, para que todo el pueblo me vea y sirva como ejemplo, para que todos observen el poderoso brazo del triunfante invasor. Los Aliados. De Rapallo a Pisa, 130 kilómetros a paso de hombre, me entretenía mirando la inmensidad del mar, de Pisa hacia el mar, costeando el Tirreno, Viareggio, siempre hacia el norte, en dirección a Génova, pasando por la Spezia, luego Chiavarri y de allí un salto a Rapallo.

En Francia sé muy bien que lugar hubiera tomado, en Italia se muy bien donde están los enemigos. No puedo recordar si eran cuarenta o treinta y ocho o cuarenta y cinco. No puedo recordar si era mi padre el que abrazaba en la cima, no puedo recordar si hubo abrazo, no puedo recordar con certeza los escalones, no estoy seguro si esto es un sueño, ojalá lo sea. Sueño demaciado cuando puedo dormir, y se confunde con la monotonía de la realidad. La acción es siempre sospechada como onírica, aquí no pasa nada, la tortura es la monotonía. Nunca he sabido si el uno hay que marcarlo en la vereda, el dos sobre el primer escalón, y así, o si la acera no debe contar.
“A Ezra Loomis Pound se debió la publicación del Ulises de Joyce, del primer libro de Eliot, su influencia se dejó sentir en Yeats, y la poesía británica se modifica sustancialmente al ser atravesada por él. Gracias al impulso que él les dio fueron conocidos escritores de la talla de Robert Frost y D.H. Laurence. Alguien alguna ves escribió sobre su relación con los artistas jóvenes: “los defiende cuando los atacan, les mete en las revistas y los saca de la cárcel. Les presta dinero. Les vende sus cuadros. Les arregla conciertos. Escribe artículos sobre ellos. Les presenta mujeres ricas. Les busca editores a sus libros. Pasa toda la noche con ellos cuando dicen que se están muriendo y asiste a sus testamentos. Les paga por adelantado el hospital y los disuade del suicidio. Y al fin muy pocos se han abstenido de enterrarle el cuchillo en la primera ocasión.”[1]
Joyce le escribió a Yeats: “Nunca voy a poder agradecerle lo suficiente que me haya puesto en relación con Ezra Pound, que es, sin duda, un obrero del milagro”

En ocasiones sueño. Recuerdo algunos con claridad. Uno que se repite contaminado de esta realidad. Me sueño preso, en una jaula de madera, como esta, acarreado como una fiera de circo, por la ciudad. Es Rapallo o Pisa o el pueblo de Hailey donde nací. Las gentes murmuraban mi nombre. Es Ezra Pound dicen. Enjaulado por las calles, preso en loco encierro. Preso, loco. Denunciando locura, una y otra vez locura, preso por barrotes rodeado de mujeres de largos brazos, que se burlan de mi y de mis padres. Entre la bruma onírica, entre la maraña del sueño. Soy yo mi padre y él yo mismo, mirando al mundo con los mismos ojos. Él también es un lobo. El lobo escapado del país del hombre de pan. Él me ataca, furioso me ataca, y encerrado en mi jaula quiero despertar, pero despertar es una tortura y otro sufrimiento, uno más. El lobo atacando, mis manos conteniendo el hocico, fuertemente mis manos a través de los barrotes conteniendo el hocico. El hocico que se parte, la mordedura que no se deja esperar. Los pedazos del hocico del animal en mis manos ensangrentadas impidiendo la muerte de negra mordedura. Una diabólica voz que surge de la cara partida del animal, gritando furiosa, con afilados gritos. Una satánica cara amorfa furiosa y sensual. Grita – no te acerques a mi, así no aparezcas, sos digno de mis apetencias, te comecojeré, por dios no aparezcas. Entonces el despertar. El deseo de dormir y hasta retornar al sueño, a la pesadilla simbólica escapando de la pesadilla real. Nadie puede afirmar que se sufra menos en una o en otra realidad. Y de nuevo el sueño, las manos conteniendo el hocico y el hocico que se parte como quién abre la cabeza de una armadura y brota una roja cara diabólica, escupiendo flemas satánicas. Entonces el cuerpo transpirado, transpira agua, destila mierda de fantasía en la mierda que me rodea, el lomo mojado en saliva, enjugando sábanas azules de otro despertar onírico, en otro sueño, distinto al de la última realidad de la jaula, con la boca amarga en la boca amarga de la boca amarga. Amarga.

Simplemente trataba de defender la constitución americana, cuando empezó la guerra ataqué la política de mi propio país desde las Radio Roma, dos veces por semana me dejaban hablar y yo hablaba. Esta es la voz de Europa, les habla Ezra Pound, decía. Nunca ganarán la guerra , dije. Eso fue todo. Mi ataque nunca fue al pueblo americano, el ataque es a la usura internacional. Es cierto le pedí personalmente a Mussolinni la prohibición de la usura, que establece la injusticia y el desequilibrio en la sociedad, entre otras medidas económicas que consideraba urgentes. Pero le dio tanta importancia a mi pedido, como le hubieran dado Churchill o el mismísimo Roosevelt.

En 1942 el congreso de los Estados Unidos de Norteamérica, lo declaró traidor a la patria. En 1945, cuando las líneas de avanzada norteamericanas llegan al norte de Italia, Pound fue capturado. Fue interrogado en Génova, fue llevado a pie a Pisa, donde fue encerrado en una jaula de alambres de púa sufriendo las inclemencias del tiempo y las violencias físicas que cayeron sobre su cuerpo. Golpeado más que cualquiera porqué a él no le perdonaban que fuera americano. Esa situación provocó la crisis mental que lo atormentó hasta el final de su vida.

“ El acusado de 60 años de edad, fue estudiante precoz y se especializó en literatura. Ha estado en exilio voluntario casi cuarenta años, viviendo en Inglaterra y Francia y durante los últimos veintiún años en Italia, llevando una vida insegura de escritor de poesía. Su obra ha obtenido un reconocimiento considerable, pero en los últimos años su preocupación por las teorías políticas especialmente por el fascismo, ha obstruido, al parecer, su producción literaria. Ha sido reconocido desde hace tiempo como excéntrico, descontento y egocéntrico. Insiste en que sus radiodifusiones, no fueron traición, sino que todas sus actividades radiales obedecían a la misión impuesta por él mismo de Salvar la Constitución Americana.” [2]
Yo sigo en mi jaula; ya es mía; sueño cuando puedo, cuento los escalones que me separan de mi padre, sueño como puedo las amenazas de mi padre. Imagino un futuro incierto, loco y cansado lo veo al mismísimo Ezra Pound, viejo y loco me veo. Son las cinco de la tarde es el teatro de Melisso, es el verano de 1965, una encantadora sala renacentista, allí se lee poesía. Yo, el viejo Ezra Pound, le leeré al joven enjaulado Ezra Pound de la pasión. Yo, el defensor de la constitución, me encontraré con ese viejo loco que voy a ser cuando llegue el año de 1965, Leerán como siempre los jóvenes poetas, tres, no más, estaré sentado junto a una vieja amiga en la misma posición, como si hubiera estado allí toda la tarde. Me veo. Inclino la cabeza, veo como ese viejo que voy a ser, me mira los nudillos de los dedos, moviendo apenas las manos, sin expresión. Solo una vez mientras todo el teatro está aplaudiendo al poeta que ocasionalmente termina de leer; él, el viejo que voy a ser, aplaude, mecánicamente, como estimulado por el sonido del ambiente, mecánicamente como un reflejo condicionado sin levantar la mirada. Allí está el destrozado Ezra Pound que voy a ser si salgo de esta jaula alguna vez. No me preocupa, prefiero seguir vivo. Prefiero seguir estando loco, prefiero tener la posibilidad de recibir el afecto de mis congéneres, aunque me falten las piernas o me quede un cuarto de mi amado cerebro. Me veo ahora en 1945 como voy a ser en 1965, dentro de veinte años, muchos más no me quedan. Hoy soy joven aún, seré viejo entonces. Esta jaula me hará viejo de tanto contar escalones como cuando era niño, los treinta y tantos o cuarenta y pico escalones que me separaban de mi padre.
De pronto, todos en la sala se levantaron, se vuelven hacia atrás, hacia el viejo que voy a ser. Durante casi una hora, después de una hora en que estuve observando, o después de una vida, levanto la vista hacia el palco de Pound el viejo y me aplaudo, aplaudo al hombre que voy a ser. Un aplauso largo, él trata de levantarse de su butaca para agradecer y no puede, un micrófono le molesta, se agarra con sus huesudas manos del asiento, de los brazos del asiento con sus huesudas manos y trata de incorporase sin éxito. La vieja amiga joven que lo acompaña no intenta ningún movimiento. Como no puede, trata de intentarlo nuevamente. Al fin renuncia y ella le pone un poema en las manos y después de por lo menos un minuto le sale la voz. Primero movió la quijada y enseguida le salió la voz. Temblé cuando escuché la desconocida voz que tendría dentro de veinte años. Un joven italiano le acerca el micrófono a la boca y lo sostiene mientras él, o yo, lee. La voz puede oírse, débil, pero tenaz, más fuerte de lo que yo mismo espero, delgada, suave, monótona. La sala queda en silencio, sacro y respetuoso silencio. Lee Ezra Pound:

“Picos azules al norte de las murallas,
alborío serpenteando en derredor ;
aquí debemos separarnos
y partir a través de mil leguas de muerte hierba.
El corazón flotando como una pesada nube,
el atardecer como un adiós de viejas amistades
que se inclinan a lo lejos sobre las manos juntas.
Nuestros caballos relinchan saludándose
mientras partimos”[3]

La voz me derribó, tan suave, tan fina, tan débil, tan tenaz aún. Recline, yo, el preso, el soñante, la cabeza sobre mis brazos, tan fuertes y tan huesudos como los del viejo que voy a ser, el pasamanos de terciopelo de la baranda del palco me pareció familiar, contrastantemente familiar. Me sorprendió ver caer una lágrima sobre una de mis rodillas. Salí ciego del palco por la puerta trasera del sueño a la vacía galería del teatro, en la sala quedaban los Ezra Pound, sentados vueltos hacia él, baje treinta y tantos escalones o cuarenta y pico, ciego, llorando en el resplandor del sol, y allí estaba yo el niño con los ojos apretados, dudando si debía contar uno desde el primer escalón o desde el piso. Abrí los ojos grandes y vi pasar un señor llorando, apenado y dolorido. Parecía mi padre.

[1] Ernest Hemingway

(1) [2] Texto extraído del informe médico del Hospital St. Elizabeth de Washington donde Pound pasó doce años internado en el departamento de locos peligrosos.

[3] El poema se llama: “Despidiéndose de un amigo”.

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