
Entre textos pensando en Julio Cortazar
Querido Julio, “esta carta no te será enviada por las vías ordinarias porque nada entre nosotros puede ser enviado así, entrar en los ritos sociales de los sobres y los correos.”
Entonces, julio llegó en febrero, todo el invierno se instaló en pleno verano. El sol acariciaba sin penas los cuerpos semidesnudos de los felices y ensombrecidos bañistas rodeados de la falsa alegría estival. El mar hace al verano, como una música superflua.
Leo: “Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me deja distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a La Maga que se sonreía, sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o aprieta desde abajo el tubo del dentífrico.”[1]
Leo, y es 12 de febrero, es el mediodía, me atraviesa la resaca de la noche anterior, como cuando caminaba por la orilla del mar, solo como de costumbre, buscando, tomando cervezas y otras y mas.
Leo, me acompañan los libros y el diario, el sol está muy fuerte, dicen que no conviene exponerse a esta hora, las gentes se ponen cremas y gorros y sombrillas desparramadas por todo el cuerpo y a mí no me interesa nada. Leo esta desgraciada primera plana que dice como el invierno más miserable se puede instalar, de pronto en un febrero, en Villa Gessel como si estuviera en París. Como si de pronto la calle 3, se convirtiera en la Rue de Sebastopol. Leo, y estoy llorando, mojando este maldito diario y no quiero creer lo que estoy leyendo. Y me quiero escapar con el verdemar y levanto la vista y veo gente arropada que camina rápido por la Rue Mouffetard porque estoy sentado en un bar en la place de Contrescarpe, o en el bar “La Paz” junto a la ventana que da a la Av. Corrientes, tomando café a las seis y media. El café hace al invierno. Y miro recreo la vista y la gente arropada camina rápido, volverán del trabajo o irán al cine, en Buenos Aires como en París se va mucho al cine o al teatro. Pero yo estoy solo y busco.
Leo, y no es el diario, en el margen superior dice: “Mil Mesetas” “...el nomadismo, es precisamente la combinación máquina de guerra - espacio liso. Donde la máquina de guerra es un agenciamiento lineal que se construye sobre líneas de fuga. En ese sentido, la maquina de guerra no tiene por objeto la guerra, tiene por objeto el agenciamiento de un espacio muy especial que ella misma compone, ocupa y propaga, el espacio liso.”[2]
Y de pronto ese calor insoportable que me sube desde la milenaria arena, y soy nuevamente el voyeur y busco, entonces no creo en casualidades, pero es difícil volver atrás, es muy difícil ser julio en este febrero. Es tan difícil Julio, que me pueda apartar de la lectura, y deje de pensar la posibilidad de que La Maga se fugue de Rayuela y sé corporalice, para que el encuentro no sea una casualidad, para que pueda yo creer que hasta los astros influyen.
Leo: “... Ahora La Maga no estaba en mi camino, y aunque conocíamos nuestros domicilios, cada hueco de nuestras dos habitaciones de falsos estudiantes en París, aun así no nos buscaríamos en nuestras casas. Preferiríamos encontrarnos en el puente, en la terraza de un café, en un cine club o agachados junto a un gato en cualquier patio del barrio latino. andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos...”
Entonces no hay territorios, ni despedidas, porque a la vuelta del mundo te encuentro Julio, porque vos y yo nos debemos un café, o vos me debes una charla para mayor certeza en el enunciado. Entonces no hay tumba blanca junto a tu Carol, ni flor amarilla, esa que te mando poner siempre que un amigo se anima a cruzar el charco, o te pongo cuando tengo la posibilidad de escaparme y camino por el Boulevard Edgar-Quinet entonces entro en el Cimetiere Montparnasse, y un señor muy amablemente me indica que los restos del escritor argentino Julio Cortázar descansan en el predio 25 justo en el cruce de los pasillos Allée Lenoir y Allée des Sergents de la Rochelle.
Pero la muerte no existe, no acaece como le grité a La Maga, menos cuando me descubro mirando tu foto, esa donde estas canchereando con el Gauloise en la boca. La muerte no existe cuando camino por Rayuela, o me pierdo en los territorios desterritorializados de 62.
Leo: “...desterritorialización es el movimiento por el que `se´ abandona el territorio. Es la operación de la línea de fuga. La desterritorialización puede estar enmascarada por una reterritorialización que la compensa de esa forma la línea de fuga permanece bloqueada, en ese sentido, se dice que la desterritorialización es negativa. Cualquier cosa puede servir de reterritorialización, es decir “vale como” territorio perdido, en efecto uno puede reterritorializarse en un ser, un objeto, un libro, en un aparato o sistema...”[3]
Los olores me confunden, es mediodía cuando cierro el libro que acabo de comprar. “je voudrais un cháteau saingrant, dijo el comensal gordo que yo podía mirar por el espejo, estaba sentado en la segunda mesa a mi espalda, y así su imagen y su voz tenían que recorrer itinerarios opuestos y convergentes para incidir en una atención bruscamente solicitada”.
Me costó reconocer el lugar, el restaurante Polidor, aun con las erres atragantadas, territorializadas. Había entrado al restaurante con un libro en el sobaco, que había comprado en el 42 de la rue Rambuteau en la Librairie Marissal Bucher, con la certeza de que iba a perderse en la biblioteca, que iba a ser tragado en el olvido de los anaqueles, a ocultarse detrás de las tarjetas postales que suelo apoyar sobre los libros. Pensando que para vos Julio el enigma no está en comprar, ni en elegir una mesa especial “...les autres tables sont reserves, monsieur...”
Quisiera un castillo sangriento, había dicho el comensal gordo . Era el principio de “62 modelo para armar” ese libro maravilloso que se escribió a partir de tu Rayuela. Castillo sangriento, con esa pequeñez de la trampa en la traducción; si cabe esa aceptación de que signant y sanglat se equivalían; Que sabrán perdonar las bellas y largas y rubias y mágicas profesoras de la aliance de la Avenida Córdoba.
Y así recorro París, y me detengo en Saint Germain y Saint Michel y camino el barrio latino y la voz de la Piaf me canturrea en la cabeza, forzando romper la casualidad del encuentro con La Maga, y viajo de Rayuela a 62 con la misma rapidez que voy del invierno al verano. Y tu muerte Julio, que me golpea desde la primera plana del diario “La Voz”, un caluroso verano en Villa Gessel.
Y la lectura, siempre la lectura que me arrincona en el hermetismo. Y es 12 de Julio, y estoy sentado en una mesa que no elegí, en el bar “La Paz”, junto a una ventana que da a la Avenida Corrientes y hace frío, un frío de esos terribles de Buenos Aires que te calan los huesos y no hay bufanda ni ginebra que te puedan calentar, pero aun así la gente arropada, igualmente se mete en los cines, en los teatros o en las librerías que como en el barrio latino, no duermen, porque están abiertas las 24 horas del día, para que podamos acompañar alguna noche solitaria y triste, como en cualquier tango. Y me gustaría tanto encontrar a La Maga, porque se que ella camina por el ancho rumor de Montparnasse, o por Barrio Norte o Almagro, y la busco en los cine clubs si me entero que dan Potemkin, porque sé que ella tiene que verlo aunque se caiga el mundo.
Buenos Aires es también tu ciudad y tu gente, tanto como París es argentina y gardeliana. Entonces estoy allá y acá y el tiempo se me pierde en dimensiones estelares, en los tubos de dentífricos apretados de cualquier forma, en las mediasuelas gastadas, en las hojas amarillas de los libros que leemos y de los que compramos y no leemos porque a ellos también les toca.
Es difícil Julio, tan difícil que tengo que recurrir a explicaciones filosóficas, para encontrar un porqué a este vagabundeo nómade, a esta transfiguración territorial, a este súbito abandono del tiempo y del espacio, a esta locura que se me metan tus personajes en las entrañas, a esta belleza de andar buscando a La Maga desesperadamente entre cuerpos flacos enfundados en rotosos jeans, a este delirio Cortazarito, a este texto que estoy escribiendo o viviendo el día de tu muerte en el mar, o en la Avenida Corrientes, o caminado por la Rue de Seine, o en el restaurante Polidor, escuchando al comensal Gordo pidiendo su chateau saignant. O simplemente rastreando a La Maga.
El tiempo es mi perseguidor, se me acumulan las imágenes en los recovecos virulentos del software de la memoria maquínica. El tiempo me persigue y soy Johnny Carter, y estoy viajando en el Metró preguntándome como las infinitas imágenes que atraviesan mi conciencia pueden caber en esta temporalidad real. Lo que confirma que el tiempo real no existe o por lo pronto, no cabe en el espacio que habito, porque también me pasa eso de vivir un cuarto de hora en medio minuto, o estar viendo pasar lo que pienso sin pensar en lo que veo. Y estoy viajando de Odeón a Saint Germain – des Pres, y en el exacto medio minuto que tarda el tren en recorrer ese tramo, estoy recordando, me veo sentado, al sol en un banco de la Plaza San Martín y tengo 16 años y leo “El Perseguidor”, recuerdo la fisonomía que había pintado en mi mente de Johnny, y se me cruza Charly Parker, el real y escucho Amorous, nota por nota y en el disco tarda 5:40 y miro el reloj y estoy llegando a Sanit Germain des Pres y solo pasó medio minuto
Entonces Julito, el tiempo no existe si puedo vivir un cuarto de hora en medio minuto. Y si el tiempo no existe, no existe ni el futuro ni el pasado y del presente no me ocupo porque en este mismísimo momento sé esta esfumando como una fina y tenue lluvia de polillas muertas. Entonces la muerte no acaece. Tu muerte no ha de ocurrir en febrero, 12 de 1984, que no llegará, aun estando en julio, 12 de 1991.
Y tampoco existe la identidad, que esta para siempre perdida en los documentos y en los pasaportes, vivimos en una multiplicidad de yoes desterritorializados. Entonces soy Vos y Oliveira y Johnny y El que te dije y Calac y Polanco y el Paredro.
Porque si bien estoy convencido de que el recuerdo es una mierda, que la memoria es una caja de basura donde solo guardamos los souvenirs de la pasión, de la vida, sin olores, sin tacto. Con la memoria juego a ser ellos y vos y yo y una ves mas el antes y el después se me destrozan en las manos y los documentos y las identidades se pierden para siempre en los embarques de los aeropuertos, y los singulares seden su guerra eterna ante la pluralidad solidaria y cronópia que transpiran tus textos.
“... acontecimientos, transformaciones incorporales aprehendidas pos sí mismas, las esencias nómades o difusas, sin embargo rigurosas, los continums de intensidad o variaciones continuas, que desbordan las constantes y las variables; los devenires, que no tienen ni términos ni sujeto, pero que arrastran a uno y a otro a zonas de entorno de inefabilidad; los espacios lisos, que sé componen a través del espacio estriado. En cada caso diríase que es un cuerpo sin órganos...”[4]
Y recuerdo, ahora recuerdo una conversación que tuvimos Julio. Estábamos sentados en un banco en Plaza San Martín y te dije: La Maga tiene sus cosas, tiene sus distracciones, en el fondo tiene una vida que quiere vivir y hay que dejarla libre y esto lo digo después de tanto tiempo porque me ha llevado dolor y sufrimiento darme cuenta. En cambio yo estoy vacío, una libertad enorme para soñar y andar por ahí, con todos los juguetes rotos. Y me miraste y me acercaste el fósforo al cigarrillo, te acordas y vos me preguntaste si nos íbamos a quedar todo el día en ese banco y te pedí que esperaras a que terminara el pucho y después nos fuimos caminando por Florida y ahora te encuentro en la primera plana de un diario que dice: Hoy en París, murió el escritor argentino Julio Cortázar. Me llega la noticia de tu muerte. Una noticia que simplemente dice “Murió Cortázar”, y no lo admito. Porque vos venciste al tiempo, dicen que tenías 69 años, pero quien les va a creer eso, con tu cara de pendejo vos tampoco les crees.
Entonces ya estoy aprendiendo, me lo habías dicho, que los diarios no siempre dicen la verdad. Aunque esté, hoy, leyendo “los restos del escritor argentino Julio Cortázar - fallecido el domingo último- fueron sepultados ayer en el cementerio de Montparnasse, en medio del dolor de familiares y de sus innumerables amigos. En una sencilla tumba de mármol blanco fue depositado el ataúd de madera rubia y adornos dorados que contenía su cuerpo.”[5]
Pero vos esa vez me dijiste “sabes una cosa viejo, que todos somos inmortales, que hay un yo dentro de veinte años, dentro de treinta, de cuarenta y cinco, y que ese tipo que esta en alguna parte, y que voy a ser yo a la edad de él, y que cuando yo me muera habrá una sucesión de tipos como yo que sigan mi mismo camino.”[6]
Y te digo una cosa más Julio, lo digo ahora que lo sé, porque tuve que aprenderlo: Somos lo que somos en el momento en que somos.
Estoy en París, es invierno acá, atravesé la feria del Boulevard Edgar-Quinet, me invadieron los olores de verduras y quesos y pescados y flores. Y entré en el Cimetiere Montparnasse y es el medio día y tengo una flor amarilla atrapada en el capitulo 32 de tu Escalera al Cielo.
[1] Julio Cortázar - Rayuela
[2] G. Deleuze y F. Guattari – Mil Mesetas
[3] G. Deleuze y F. Guattari – Mil Mesetas
[4] G. Deleuze y F. Guattari – Mil Mesetas
[5] Diario La Voz 14 de Febrero 1984
[6] Julio Cortázar – Una Flor Amarilla
Querido Julio, “esta carta no te será enviada por las vías ordinarias porque nada entre nosotros puede ser enviado así, entrar en los ritos sociales de los sobres y los correos.”
Entonces, julio llegó en febrero, todo el invierno se instaló en pleno verano. El sol acariciaba sin penas los cuerpos semidesnudos de los felices y ensombrecidos bañistas rodeados de la falsa alegría estival. El mar hace al verano, como una música superflua.
Leo: “Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me deja distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a La Maga que se sonreía, sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o aprieta desde abajo el tubo del dentífrico.”[1]
Leo, y es 12 de febrero, es el mediodía, me atraviesa la resaca de la noche anterior, como cuando caminaba por la orilla del mar, solo como de costumbre, buscando, tomando cervezas y otras y mas.
Leo, me acompañan los libros y el diario, el sol está muy fuerte, dicen que no conviene exponerse a esta hora, las gentes se ponen cremas y gorros y sombrillas desparramadas por todo el cuerpo y a mí no me interesa nada. Leo esta desgraciada primera plana que dice como el invierno más miserable se puede instalar, de pronto en un febrero, en Villa Gessel como si estuviera en París. Como si de pronto la calle 3, se convirtiera en la Rue de Sebastopol. Leo, y estoy llorando, mojando este maldito diario y no quiero creer lo que estoy leyendo. Y me quiero escapar con el verdemar y levanto la vista y veo gente arropada que camina rápido por la Rue Mouffetard porque estoy sentado en un bar en la place de Contrescarpe, o en el bar “La Paz” junto a la ventana que da a la Av. Corrientes, tomando café a las seis y media. El café hace al invierno. Y miro recreo la vista y la gente arropada camina rápido, volverán del trabajo o irán al cine, en Buenos Aires como en París se va mucho al cine o al teatro. Pero yo estoy solo y busco.
Leo, y no es el diario, en el margen superior dice: “Mil Mesetas” “...el nomadismo, es precisamente la combinación máquina de guerra - espacio liso. Donde la máquina de guerra es un agenciamiento lineal que se construye sobre líneas de fuga. En ese sentido, la maquina de guerra no tiene por objeto la guerra, tiene por objeto el agenciamiento de un espacio muy especial que ella misma compone, ocupa y propaga, el espacio liso.”[2]
Y de pronto ese calor insoportable que me sube desde la milenaria arena, y soy nuevamente el voyeur y busco, entonces no creo en casualidades, pero es difícil volver atrás, es muy difícil ser julio en este febrero. Es tan difícil Julio, que me pueda apartar de la lectura, y deje de pensar la posibilidad de que La Maga se fugue de Rayuela y sé corporalice, para que el encuentro no sea una casualidad, para que pueda yo creer que hasta los astros influyen.
Leo: “... Ahora La Maga no estaba en mi camino, y aunque conocíamos nuestros domicilios, cada hueco de nuestras dos habitaciones de falsos estudiantes en París, aun así no nos buscaríamos en nuestras casas. Preferiríamos encontrarnos en el puente, en la terraza de un café, en un cine club o agachados junto a un gato en cualquier patio del barrio latino. andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos...”
Entonces no hay territorios, ni despedidas, porque a la vuelta del mundo te encuentro Julio, porque vos y yo nos debemos un café, o vos me debes una charla para mayor certeza en el enunciado. Entonces no hay tumba blanca junto a tu Carol, ni flor amarilla, esa que te mando poner siempre que un amigo se anima a cruzar el charco, o te pongo cuando tengo la posibilidad de escaparme y camino por el Boulevard Edgar-Quinet entonces entro en el Cimetiere Montparnasse, y un señor muy amablemente me indica que los restos del escritor argentino Julio Cortázar descansan en el predio 25 justo en el cruce de los pasillos Allée Lenoir y Allée des Sergents de la Rochelle.
Pero la muerte no existe, no acaece como le grité a La Maga, menos cuando me descubro mirando tu foto, esa donde estas canchereando con el Gauloise en la boca. La muerte no existe cuando camino por Rayuela, o me pierdo en los territorios desterritorializados de 62.
Leo: “...desterritorialización es el movimiento por el que `se´ abandona el territorio. Es la operación de la línea de fuga. La desterritorialización puede estar enmascarada por una reterritorialización que la compensa de esa forma la línea de fuga permanece bloqueada, en ese sentido, se dice que la desterritorialización es negativa. Cualquier cosa puede servir de reterritorialización, es decir “vale como” territorio perdido, en efecto uno puede reterritorializarse en un ser, un objeto, un libro, en un aparato o sistema...”[3]
Los olores me confunden, es mediodía cuando cierro el libro que acabo de comprar. “je voudrais un cháteau saingrant, dijo el comensal gordo que yo podía mirar por el espejo, estaba sentado en la segunda mesa a mi espalda, y así su imagen y su voz tenían que recorrer itinerarios opuestos y convergentes para incidir en una atención bruscamente solicitada”.
Me costó reconocer el lugar, el restaurante Polidor, aun con las erres atragantadas, territorializadas. Había entrado al restaurante con un libro en el sobaco, que había comprado en el 42 de la rue Rambuteau en la Librairie Marissal Bucher, con la certeza de que iba a perderse en la biblioteca, que iba a ser tragado en el olvido de los anaqueles, a ocultarse detrás de las tarjetas postales que suelo apoyar sobre los libros. Pensando que para vos Julio el enigma no está en comprar, ni en elegir una mesa especial “...les autres tables sont reserves, monsieur...”
Quisiera un castillo sangriento, había dicho el comensal gordo . Era el principio de “62 modelo para armar” ese libro maravilloso que se escribió a partir de tu Rayuela. Castillo sangriento, con esa pequeñez de la trampa en la traducción; si cabe esa aceptación de que signant y sanglat se equivalían; Que sabrán perdonar las bellas y largas y rubias y mágicas profesoras de la aliance de la Avenida Córdoba.
Y así recorro París, y me detengo en Saint Germain y Saint Michel y camino el barrio latino y la voz de la Piaf me canturrea en la cabeza, forzando romper la casualidad del encuentro con La Maga, y viajo de Rayuela a 62 con la misma rapidez que voy del invierno al verano. Y tu muerte Julio, que me golpea desde la primera plana del diario “La Voz”, un caluroso verano en Villa Gessel.
Y la lectura, siempre la lectura que me arrincona en el hermetismo. Y es 12 de Julio, y estoy sentado en una mesa que no elegí, en el bar “La Paz”, junto a una ventana que da a la Avenida Corrientes y hace frío, un frío de esos terribles de Buenos Aires que te calan los huesos y no hay bufanda ni ginebra que te puedan calentar, pero aun así la gente arropada, igualmente se mete en los cines, en los teatros o en las librerías que como en el barrio latino, no duermen, porque están abiertas las 24 horas del día, para que podamos acompañar alguna noche solitaria y triste, como en cualquier tango. Y me gustaría tanto encontrar a La Maga, porque se que ella camina por el ancho rumor de Montparnasse, o por Barrio Norte o Almagro, y la busco en los cine clubs si me entero que dan Potemkin, porque sé que ella tiene que verlo aunque se caiga el mundo.
Buenos Aires es también tu ciudad y tu gente, tanto como París es argentina y gardeliana. Entonces estoy allá y acá y el tiempo se me pierde en dimensiones estelares, en los tubos de dentífricos apretados de cualquier forma, en las mediasuelas gastadas, en las hojas amarillas de los libros que leemos y de los que compramos y no leemos porque a ellos también les toca.
Es difícil Julio, tan difícil que tengo que recurrir a explicaciones filosóficas, para encontrar un porqué a este vagabundeo nómade, a esta transfiguración territorial, a este súbito abandono del tiempo y del espacio, a esta locura que se me metan tus personajes en las entrañas, a esta belleza de andar buscando a La Maga desesperadamente entre cuerpos flacos enfundados en rotosos jeans, a este delirio Cortazarito, a este texto que estoy escribiendo o viviendo el día de tu muerte en el mar, o en la Avenida Corrientes, o caminado por la Rue de Seine, o en el restaurante Polidor, escuchando al comensal Gordo pidiendo su chateau saignant. O simplemente rastreando a La Maga.
El tiempo es mi perseguidor, se me acumulan las imágenes en los recovecos virulentos del software de la memoria maquínica. El tiempo me persigue y soy Johnny Carter, y estoy viajando en el Metró preguntándome como las infinitas imágenes que atraviesan mi conciencia pueden caber en esta temporalidad real. Lo que confirma que el tiempo real no existe o por lo pronto, no cabe en el espacio que habito, porque también me pasa eso de vivir un cuarto de hora en medio minuto, o estar viendo pasar lo que pienso sin pensar en lo que veo. Y estoy viajando de Odeón a Saint Germain – des Pres, y en el exacto medio minuto que tarda el tren en recorrer ese tramo, estoy recordando, me veo sentado, al sol en un banco de la Plaza San Martín y tengo 16 años y leo “El Perseguidor”, recuerdo la fisonomía que había pintado en mi mente de Johnny, y se me cruza Charly Parker, el real y escucho Amorous, nota por nota y en el disco tarda 5:40 y miro el reloj y estoy llegando a Sanit Germain des Pres y solo pasó medio minuto
Entonces Julito, el tiempo no existe si puedo vivir un cuarto de hora en medio minuto. Y si el tiempo no existe, no existe ni el futuro ni el pasado y del presente no me ocupo porque en este mismísimo momento sé esta esfumando como una fina y tenue lluvia de polillas muertas. Entonces la muerte no acaece. Tu muerte no ha de ocurrir en febrero, 12 de 1984, que no llegará, aun estando en julio, 12 de 1991.
Y tampoco existe la identidad, que esta para siempre perdida en los documentos y en los pasaportes, vivimos en una multiplicidad de yoes desterritorializados. Entonces soy Vos y Oliveira y Johnny y El que te dije y Calac y Polanco y el Paredro.
Porque si bien estoy convencido de que el recuerdo es una mierda, que la memoria es una caja de basura donde solo guardamos los souvenirs de la pasión, de la vida, sin olores, sin tacto. Con la memoria juego a ser ellos y vos y yo y una ves mas el antes y el después se me destrozan en las manos y los documentos y las identidades se pierden para siempre en los embarques de los aeropuertos, y los singulares seden su guerra eterna ante la pluralidad solidaria y cronópia que transpiran tus textos.
“... acontecimientos, transformaciones incorporales aprehendidas pos sí mismas, las esencias nómades o difusas, sin embargo rigurosas, los continums de intensidad o variaciones continuas, que desbordan las constantes y las variables; los devenires, que no tienen ni términos ni sujeto, pero que arrastran a uno y a otro a zonas de entorno de inefabilidad; los espacios lisos, que sé componen a través del espacio estriado. En cada caso diríase que es un cuerpo sin órganos...”[4]
Y recuerdo, ahora recuerdo una conversación que tuvimos Julio. Estábamos sentados en un banco en Plaza San Martín y te dije: La Maga tiene sus cosas, tiene sus distracciones, en el fondo tiene una vida que quiere vivir y hay que dejarla libre y esto lo digo después de tanto tiempo porque me ha llevado dolor y sufrimiento darme cuenta. En cambio yo estoy vacío, una libertad enorme para soñar y andar por ahí, con todos los juguetes rotos. Y me miraste y me acercaste el fósforo al cigarrillo, te acordas y vos me preguntaste si nos íbamos a quedar todo el día en ese banco y te pedí que esperaras a que terminara el pucho y después nos fuimos caminando por Florida y ahora te encuentro en la primera plana de un diario que dice: Hoy en París, murió el escritor argentino Julio Cortázar. Me llega la noticia de tu muerte. Una noticia que simplemente dice “Murió Cortázar”, y no lo admito. Porque vos venciste al tiempo, dicen que tenías 69 años, pero quien les va a creer eso, con tu cara de pendejo vos tampoco les crees.
Entonces ya estoy aprendiendo, me lo habías dicho, que los diarios no siempre dicen la verdad. Aunque esté, hoy, leyendo “los restos del escritor argentino Julio Cortázar - fallecido el domingo último- fueron sepultados ayer en el cementerio de Montparnasse, en medio del dolor de familiares y de sus innumerables amigos. En una sencilla tumba de mármol blanco fue depositado el ataúd de madera rubia y adornos dorados que contenía su cuerpo.”[5]
Pero vos esa vez me dijiste “sabes una cosa viejo, que todos somos inmortales, que hay un yo dentro de veinte años, dentro de treinta, de cuarenta y cinco, y que ese tipo que esta en alguna parte, y que voy a ser yo a la edad de él, y que cuando yo me muera habrá una sucesión de tipos como yo que sigan mi mismo camino.”[6]
Y te digo una cosa más Julio, lo digo ahora que lo sé, porque tuve que aprenderlo: Somos lo que somos en el momento en que somos.
Estoy en París, es invierno acá, atravesé la feria del Boulevard Edgar-Quinet, me invadieron los olores de verduras y quesos y pescados y flores. Y entré en el Cimetiere Montparnasse y es el medio día y tengo una flor amarilla atrapada en el capitulo 32 de tu Escalera al Cielo.
[1] Julio Cortázar - Rayuela
[2] G. Deleuze y F. Guattari – Mil Mesetas
[3] G. Deleuze y F. Guattari – Mil Mesetas
[4] G. Deleuze y F. Guattari – Mil Mesetas
[5] Diario La Voz 14 de Febrero 1984
[6] Julio Cortázar – Una Flor Amarilla

1 comentario:
Gracias Jorgito por tu sapien(zs)a, es muy lindo encontrar algo "nutridito" para leer de vez en cuando.
Espero poder leer más de tus plublis, será como compartir algunos "momentos" junto a vos, como en un "recreo" tratando de repasar la lección de la hora que se viene...
Un poco de Psicoanális, nos va a venir muy bien a más de uno, por lo tanto te dejo, a tu criterio, la edición de "alguito" profundo (y no tan compli) para aquellos que todavía metemos las narices en todo esto que llevamos a cuesta y que a veces nos resulta "muy pesado".
Un Abrazo, Ismael.
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