
a: Anacleto Pereyra
“Llegamos antes que el recolector de basura embarcados en un tren que naufraga como perros de la lluvia”- Tom Waits
Aun camino por la avenida, camino buscando viejos bares, que ya han pasado al olvido, que han entrado en la maraña del tiempo, en el juego de la agujas de un tiempo. Ese juego ya no es para mí. Camino, igual camino, busco entre las caras, caras conocidas. Busco y se que no hay nada que encontrar, lo que encuentro está en mí; solo recuerdos, restos inconclusos, pedazos, resacas de antaño. Camino, aun camino sabiendo que este lugar ha cambiado. Lugar, lugares que meamos como perros, territorios que creímos nuestros, pero la lluvia lavo todos y cada uno de nuestros apestosos meos. Un día despertamos y ya no estamos en casa, somos perros después de la lluvia. Un día cualquiera el mundo cambia y nos quedamos sin historia, soñamos, siempre soñamos demasiado. Nos creemos una vida, nos vendemos una vida, una imagen de nosotros mismos que llamamos identidad. Nos dan un carnet, nos ayudan a creer que somos eso, pero un día caen todos los semblantes, caen todos los sueños como caen los muros. Nos creemos una vida que no es ni siquiera una promesa. No se por qué utilizo el plural, si los perdedores somos de a uno. Donde quedó el viejo sueño beat opacado detrás del humo de un enorme y bélico porro. El onírico porro de una realidad que creamos como si fuéramos dioses. Ya no hay fumo, nos quedamos, me quedé sin revolución, sin religión, sin psicodelia, sin libros, sin rocanrrol. Un frasco, un pedo. Nada.
Ya no se puede regresar, es un hecho. Después que la lluvia lava nuestras marcas, es imposible el regreso. Somos perros perdidos, sin territorio, nómades sin retorno. Perros después de una lluvia de perros.
Ahí nuncajamasnadie.
Aun así podría afirmar que es una época de milagros, los días del sueño psicodélico quedaron atrás, los locos del flower-power descansan cómodos en sus sepulturas repletas de hachis y morfina. Los adoradores del sexo en libre habitan el infierno de la impotencia o del Sida. Los audaces artistas del trapecio se han roto el cuello. Esta es la época del prodigio, de los grandes milagros. La ciencia abdicó a favor de los que enseñan gratuitamente las técnicas de la destrucción. Definitivamente la imaginación no ha tomado el poder.
Pero hubo una época, otro tiempo que se abrió como un tajo entre dos ordenes, una ruptura del orden establecido que nos cargó de esperanzas, ya muertas. Hubo un tiempo que Frisco era nuestra. Caminábamos alegremente sus calles y podíamos acercar nuestro aliento a los cuellos excitados de las mujeres mas bellas, tomarlas como propias, dejarnos tomar como ajenos, lograr en la acción la identidad plural.
Pero sin saberlo llegamos al portón oscuro y ruso de “La Fe”. A un gran portón de hierro que chirrea sobre las baldosas flojas al abrirse, entre las tripas desparramadas de los tachos de basura hediondos, entre los manjares que buscábamos como perros, ahí encontramos el engaño. ¡¡Santo Dios, Cristo: “La Fe”!!.
Una Fe de ilusos, de disminuidos mentales, de canallas.
***
Jack está solo, niega ser el padre de la generación beat, simplemente como un intento de no reconocer al hijo no deseado, niega ser el símbolo genético, el gran padre blanco y precursor intelectual de la psicodelia. Jack vive detrás de una botella de Jack Daniels, el bourbon es su compañía. Jack vendió su correspondencia con Ginsberg a la Columbia University, compro una casa nueva en Lowel, se mudó con Memere y se sentó a esperar el final de su camino a ninguna parte. El día que la mejor estrella de la tarde, justo antes de que caiga el día dedicara sus mejores destellos a la noche, Jack se alejó de sus amigos. En Lowel, ya nadie lo reconoce, es el pueblo donde nació pero allí el es un extranjero, él no reconoce a nadie y nadie lo reconoce a él ni a Memere. En las calles del pueblo es reconocido solo como un borracho cualquiera. Es un perro de la lluvia, una mosca de bar, un paria. Kerouac el creyente está librando su propia guerra, una guerra que como todas no admite triunfadores, solo muertos, solo destrucción. Está paranoico, alejado de Neal, de Allen, del viejo Willy, de los Corso, de Peter. Está solo con su madre en el pueblo en que nació, solo con Memere y los gatos. Siempre le gustaron los gatos a Memere, ahora los patea todo el tiempo. Sale solo para ir a los bares donde tiene algunos amigos que se emborrachan con su dinero.
Vuelve siempre borracho, sale de su casa borracho. Dice que el alcohol es su única religión. El alcohol es su último bastión, el último bastión de la ilusión.
Su tema real es la destrucción, la desilusión sistemática respecto de la vida, una preparación lírica para el fin, que espera sin ansiedad con la seguridad del que sabe que todo ha terminado, que el diluvio terminó, que solo debe esperar que se haga la claridad. Esa espera lo tiene seco y vacío y loco.
Jack siempre estuvo loco, deseaba la esencia, la tenía entre sus manos, como a una mujer, y aún corría en todas direcciones tratando de hallarla en la puerta siguiente. Ahora sentado frente al televisor, lo hace diariamente, con su botella preferida y su libreta de apuntes. Ya no escribe, pero no ha perdido el hábito de la compañía de su libreta de apuntes, donde anota de vez en cuando alguna palabra que segundos después perderá sentido. Mira viejas películas de westerns, horas frente al televisor, con Gary Cooper, con John Wayne, alentando siempre a los indios que terminarán irremediablemente perdiendo. Entonces, se quedará tranquilo.
Memere preparará la cena; Jack la peleará un poco con cualquier motivo, simplemente para saber que aún le queda su vieja madre. Luego irá al bar, caminando como pueda, y regresará como pueda, caminando con el sol, al mismo sillón frente al televisor donde dormitará su eterna borrachera.
Él quiso volver a Lowell, Massachusett, de donde había salido tanto tiempo atrás. Volver a Lowell con Mermere en un viaje destino al polvo, un regreso al vientre, una involución si se pudiera. Un estar en el camino, en una cinta asfáltica que no se puede abandonar; hoy acá, mañana a mil, dos mil kilómetros, y en otro punto llegamos al mismo lugar, lo reconocemos, pero ya no es el mismo, mientras estuvimos en el camino algo cambió, o todo o nada, pero es siempre un lugar nuevo. Jack Kerouac había generado efectos sobre el mundo, sobre la política, la filosofía, la literatura. Deseaba no haber vivido. Sus libros, que pasaban de mano en mano sin reconocer dueños, que se leían en grupos y en voz alta, habían marcado a toda una generación, que lo reconoció como padre. No fue Kerouac quien cambió la historia; el pensamiento solidario, la defensa de los derechos ciudadanos, el movimiento civilista de aquellos años se gestaron en el movimiento Beat.
Obviamente Jack era lo suficientemente anarco coma para estar en el tapete político, si bien luchó fuertemente por la libertad y para que el control de la droga regrese de las manos policiales a las manos libres del usuario.
Jack quiso volver a Lowell. Perseguido por un sueño recurrente, aterrador pero feliz, de volver a caminar por las calles desiertas del pueblo que lo viera nacer. Caminar en el crepúsculo, en el ocaso. Con la tarde tambaleante y alcohólica. Jack quiso volver a Lowell, un lugar donde las necrológicas superan a los nacimientos, para beber su final de ruta, para contemplar como los guardarail se pierden en senderos angostos que conducen siempre al mismo bar, al mismo sillón, a la misma botella, a lo mismo.
Se perdía en monólogos febriles y delirantes y poéticos, cargados de recuerdos y de plurales como si hubiera desaparecido su identidad para ser un colectivo.
(No habíamos querido otra cosa que contemplar la totalidad de la realidad temblando en una gota de rocío prendida del capullo de una rosa. Ese era todo el sueño. Abrir las puertas de la percepción. Pensar mas allá del pensamiento. Crear mas allá de la creación. Exigir al máximo a la utopía. Pero Dios no es perfecto. Eramos Dios, prendidos de un terrón de azúcar con las gotas de un rocío psicodélico y poderoso. Solo gotas de rocío en un terrón de azúcar y nos encontrábamos con el lugar de todo lo posible, golpeando las puertas del cielo. Pero Dios nos abandonó por egoísta y megalómano. Temblábamos frente al perdón eterno de la comunión. Habíamos encontrado el remedio, el farmacon, libre y solidario y desiderativo.)
Jack era bien parecido, en New York en el verano del 58. Una nariz penetrante, boca ancha. Una frente que se perdía en el rizado pelo castaño. Jack era seductor, su grupo era seductor, el pensamiento seducía. Pero diez años después veía el mundo desde el opaco fondo de un vaso repleto de whisky. Había perdido la línea y era mas bien una bolsa de grasa sin ningún encanto. Ya no conseguía mujeres con la facilidad de otros tiempos, tampoco le importaba el sexo. Pero necesitaba del afecto de sus amigos a los cuales fue abandonando porque se acordaban poco de él. Se había alejado de Allen porque no había podido excitarlo lo suficiente cuando lo invitó a la cama. Jack se fue alejando de todos y Lowell fue su paradigma. De vez en cuando, borracho como siempre, llamaba por teléfono a la madrugada a Neal o al viejo Willy que simplemente lo saludaban con una puteada de insomnio extinguido. Burroughs en una de esas llamadas le había dicho simplemente: “Es inútil Jack, jamas podremos regresar a casa” y le había colgado. Jack recobró la lucidez por algunos días y estuvo jugueteando con la frase hasta que se perdió en su nomádica memoria. Nada era tan perfecto como aquella frase, jamás podremos regresar a casa, por lo pronto no de la misma forma, no iguales, no a la misma casa. El sueño Beat americano se caía como el imperio en los montes vietcong. Y para Jack todo era demasiado tarde, el había ironizado con los valores burgueses mas preciados del imperio, simplemente para escribir un libro más. Ahora, miraba películas viejas en la televisión, mientras se emborrachaba, porque ya nada le importaba. Sus sueños se morían en el letargo y en la soledad y en la monotonía.
Todo estaba en el camino correcto. Sus libros se vendían y nunca le faltaría dinero. Aun así, seguía siendo marginal, simplemente había perdido el valor de la ilusión. Era un perro después de una lluvia de perros.
Durante el último tiempo había estado llamando a sus amigos del circulo beat a horas imprecisas. Querer o pretender comunicarse con Neal Cassidy al mediodía era una tontera, pretender hablar con Neal o con el viejo Willy, era un absurdo. Ellos vivían muy lejos de las comunicaci0nes telefónicas perdidos en las miserias de sus noches cerradas.
Sentado en su sillón, frente a la pantalla de la TV sabiendo de la imposibilidad de regresar a casa, llamó a Memere, en un grito ronco y seco y último y eterno. Una vena reacia a la mediocridad de su otrora genial cerebro, dejó de tocar en armonía. Adiós amigo Jack. Mientras viva la pasión, viejo Jack, aunque tu cuerpo esté muerto. Adiós Kerouac, la vida nunca empleó la palabra amor. Adiós ellas es un cuerpecito dulce desnudo sobre sabanas revueltas por la excitación de la noche anterior. Adiós, en Lowell como en Frisco, todo es gris del grisáceo del final, casi se puede oler una lluvia de perros en el aire. Adiós Jack en tu féretro tu incongruente traje sport a cuadros negros y blancos, tu comisa celeste, tu corbata roja, el rosario entre las manos y el rostro frío, tus ojos maquillados, blanco como el talco. Adiós Jack, con tus sueños rotos, solo como ahora Memere. Los amigos pedirán disculpas por no haber llegado a tiempo.
“Llegamos antes que el recolector de basura embarcados en un tren que naufraga como perros de la lluvia”- Tom Waits
Aun camino por la avenida, camino buscando viejos bares, que ya han pasado al olvido, que han entrado en la maraña del tiempo, en el juego de la agujas de un tiempo. Ese juego ya no es para mí. Camino, igual camino, busco entre las caras, caras conocidas. Busco y se que no hay nada que encontrar, lo que encuentro está en mí; solo recuerdos, restos inconclusos, pedazos, resacas de antaño. Camino, aun camino sabiendo que este lugar ha cambiado. Lugar, lugares que meamos como perros, territorios que creímos nuestros, pero la lluvia lavo todos y cada uno de nuestros apestosos meos. Un día despertamos y ya no estamos en casa, somos perros después de la lluvia. Un día cualquiera el mundo cambia y nos quedamos sin historia, soñamos, siempre soñamos demasiado. Nos creemos una vida, nos vendemos una vida, una imagen de nosotros mismos que llamamos identidad. Nos dan un carnet, nos ayudan a creer que somos eso, pero un día caen todos los semblantes, caen todos los sueños como caen los muros. Nos creemos una vida que no es ni siquiera una promesa. No se por qué utilizo el plural, si los perdedores somos de a uno. Donde quedó el viejo sueño beat opacado detrás del humo de un enorme y bélico porro. El onírico porro de una realidad que creamos como si fuéramos dioses. Ya no hay fumo, nos quedamos, me quedé sin revolución, sin religión, sin psicodelia, sin libros, sin rocanrrol. Un frasco, un pedo. Nada.
Ya no se puede regresar, es un hecho. Después que la lluvia lava nuestras marcas, es imposible el regreso. Somos perros perdidos, sin territorio, nómades sin retorno. Perros después de una lluvia de perros.
Ahí nuncajamasnadie.
Aun así podría afirmar que es una época de milagros, los días del sueño psicodélico quedaron atrás, los locos del flower-power descansan cómodos en sus sepulturas repletas de hachis y morfina. Los adoradores del sexo en libre habitan el infierno de la impotencia o del Sida. Los audaces artistas del trapecio se han roto el cuello. Esta es la época del prodigio, de los grandes milagros. La ciencia abdicó a favor de los que enseñan gratuitamente las técnicas de la destrucción. Definitivamente la imaginación no ha tomado el poder.
Pero hubo una época, otro tiempo que se abrió como un tajo entre dos ordenes, una ruptura del orden establecido que nos cargó de esperanzas, ya muertas. Hubo un tiempo que Frisco era nuestra. Caminábamos alegremente sus calles y podíamos acercar nuestro aliento a los cuellos excitados de las mujeres mas bellas, tomarlas como propias, dejarnos tomar como ajenos, lograr en la acción la identidad plural.
Pero sin saberlo llegamos al portón oscuro y ruso de “La Fe”. A un gran portón de hierro que chirrea sobre las baldosas flojas al abrirse, entre las tripas desparramadas de los tachos de basura hediondos, entre los manjares que buscábamos como perros, ahí encontramos el engaño. ¡¡Santo Dios, Cristo: “La Fe”!!.
Una Fe de ilusos, de disminuidos mentales, de canallas.
***
Jack está solo, niega ser el padre de la generación beat, simplemente como un intento de no reconocer al hijo no deseado, niega ser el símbolo genético, el gran padre blanco y precursor intelectual de la psicodelia. Jack vive detrás de una botella de Jack Daniels, el bourbon es su compañía. Jack vendió su correspondencia con Ginsberg a la Columbia University, compro una casa nueva en Lowel, se mudó con Memere y se sentó a esperar el final de su camino a ninguna parte. El día que la mejor estrella de la tarde, justo antes de que caiga el día dedicara sus mejores destellos a la noche, Jack se alejó de sus amigos. En Lowel, ya nadie lo reconoce, es el pueblo donde nació pero allí el es un extranjero, él no reconoce a nadie y nadie lo reconoce a él ni a Memere. En las calles del pueblo es reconocido solo como un borracho cualquiera. Es un perro de la lluvia, una mosca de bar, un paria. Kerouac el creyente está librando su propia guerra, una guerra que como todas no admite triunfadores, solo muertos, solo destrucción. Está paranoico, alejado de Neal, de Allen, del viejo Willy, de los Corso, de Peter. Está solo con su madre en el pueblo en que nació, solo con Memere y los gatos. Siempre le gustaron los gatos a Memere, ahora los patea todo el tiempo. Sale solo para ir a los bares donde tiene algunos amigos que se emborrachan con su dinero.
Vuelve siempre borracho, sale de su casa borracho. Dice que el alcohol es su única religión. El alcohol es su último bastión, el último bastión de la ilusión.
Su tema real es la destrucción, la desilusión sistemática respecto de la vida, una preparación lírica para el fin, que espera sin ansiedad con la seguridad del que sabe que todo ha terminado, que el diluvio terminó, que solo debe esperar que se haga la claridad. Esa espera lo tiene seco y vacío y loco.
Jack siempre estuvo loco, deseaba la esencia, la tenía entre sus manos, como a una mujer, y aún corría en todas direcciones tratando de hallarla en la puerta siguiente. Ahora sentado frente al televisor, lo hace diariamente, con su botella preferida y su libreta de apuntes. Ya no escribe, pero no ha perdido el hábito de la compañía de su libreta de apuntes, donde anota de vez en cuando alguna palabra que segundos después perderá sentido. Mira viejas películas de westerns, horas frente al televisor, con Gary Cooper, con John Wayne, alentando siempre a los indios que terminarán irremediablemente perdiendo. Entonces, se quedará tranquilo.
Memere preparará la cena; Jack la peleará un poco con cualquier motivo, simplemente para saber que aún le queda su vieja madre. Luego irá al bar, caminando como pueda, y regresará como pueda, caminando con el sol, al mismo sillón frente al televisor donde dormitará su eterna borrachera.
Él quiso volver a Lowell, Massachusett, de donde había salido tanto tiempo atrás. Volver a Lowell con Mermere en un viaje destino al polvo, un regreso al vientre, una involución si se pudiera. Un estar en el camino, en una cinta asfáltica que no se puede abandonar; hoy acá, mañana a mil, dos mil kilómetros, y en otro punto llegamos al mismo lugar, lo reconocemos, pero ya no es el mismo, mientras estuvimos en el camino algo cambió, o todo o nada, pero es siempre un lugar nuevo. Jack Kerouac había generado efectos sobre el mundo, sobre la política, la filosofía, la literatura. Deseaba no haber vivido. Sus libros, que pasaban de mano en mano sin reconocer dueños, que se leían en grupos y en voz alta, habían marcado a toda una generación, que lo reconoció como padre. No fue Kerouac quien cambió la historia; el pensamiento solidario, la defensa de los derechos ciudadanos, el movimiento civilista de aquellos años se gestaron en el movimiento Beat.
Obviamente Jack era lo suficientemente anarco coma para estar en el tapete político, si bien luchó fuertemente por la libertad y para que el control de la droga regrese de las manos policiales a las manos libres del usuario.
Jack quiso volver a Lowell. Perseguido por un sueño recurrente, aterrador pero feliz, de volver a caminar por las calles desiertas del pueblo que lo viera nacer. Caminar en el crepúsculo, en el ocaso. Con la tarde tambaleante y alcohólica. Jack quiso volver a Lowell, un lugar donde las necrológicas superan a los nacimientos, para beber su final de ruta, para contemplar como los guardarail se pierden en senderos angostos que conducen siempre al mismo bar, al mismo sillón, a la misma botella, a lo mismo.
Se perdía en monólogos febriles y delirantes y poéticos, cargados de recuerdos y de plurales como si hubiera desaparecido su identidad para ser un colectivo.
(No habíamos querido otra cosa que contemplar la totalidad de la realidad temblando en una gota de rocío prendida del capullo de una rosa. Ese era todo el sueño. Abrir las puertas de la percepción. Pensar mas allá del pensamiento. Crear mas allá de la creación. Exigir al máximo a la utopía. Pero Dios no es perfecto. Eramos Dios, prendidos de un terrón de azúcar con las gotas de un rocío psicodélico y poderoso. Solo gotas de rocío en un terrón de azúcar y nos encontrábamos con el lugar de todo lo posible, golpeando las puertas del cielo. Pero Dios nos abandonó por egoísta y megalómano. Temblábamos frente al perdón eterno de la comunión. Habíamos encontrado el remedio, el farmacon, libre y solidario y desiderativo.)
Jack era bien parecido, en New York en el verano del 58. Una nariz penetrante, boca ancha. Una frente que se perdía en el rizado pelo castaño. Jack era seductor, su grupo era seductor, el pensamiento seducía. Pero diez años después veía el mundo desde el opaco fondo de un vaso repleto de whisky. Había perdido la línea y era mas bien una bolsa de grasa sin ningún encanto. Ya no conseguía mujeres con la facilidad de otros tiempos, tampoco le importaba el sexo. Pero necesitaba del afecto de sus amigos a los cuales fue abandonando porque se acordaban poco de él. Se había alejado de Allen porque no había podido excitarlo lo suficiente cuando lo invitó a la cama. Jack se fue alejando de todos y Lowell fue su paradigma. De vez en cuando, borracho como siempre, llamaba por teléfono a la madrugada a Neal o al viejo Willy que simplemente lo saludaban con una puteada de insomnio extinguido. Burroughs en una de esas llamadas le había dicho simplemente: “Es inútil Jack, jamas podremos regresar a casa” y le había colgado. Jack recobró la lucidez por algunos días y estuvo jugueteando con la frase hasta que se perdió en su nomádica memoria. Nada era tan perfecto como aquella frase, jamás podremos regresar a casa, por lo pronto no de la misma forma, no iguales, no a la misma casa. El sueño Beat americano se caía como el imperio en los montes vietcong. Y para Jack todo era demasiado tarde, el había ironizado con los valores burgueses mas preciados del imperio, simplemente para escribir un libro más. Ahora, miraba películas viejas en la televisión, mientras se emborrachaba, porque ya nada le importaba. Sus sueños se morían en el letargo y en la soledad y en la monotonía.
Todo estaba en el camino correcto. Sus libros se vendían y nunca le faltaría dinero. Aun así, seguía siendo marginal, simplemente había perdido el valor de la ilusión. Era un perro después de una lluvia de perros.
Durante el último tiempo había estado llamando a sus amigos del circulo beat a horas imprecisas. Querer o pretender comunicarse con Neal Cassidy al mediodía era una tontera, pretender hablar con Neal o con el viejo Willy, era un absurdo. Ellos vivían muy lejos de las comunicaci0nes telefónicas perdidos en las miserias de sus noches cerradas.
Sentado en su sillón, frente a la pantalla de la TV sabiendo de la imposibilidad de regresar a casa, llamó a Memere, en un grito ronco y seco y último y eterno. Una vena reacia a la mediocridad de su otrora genial cerebro, dejó de tocar en armonía. Adiós amigo Jack. Mientras viva la pasión, viejo Jack, aunque tu cuerpo esté muerto. Adiós Kerouac, la vida nunca empleó la palabra amor. Adiós ellas es un cuerpecito dulce desnudo sobre sabanas revueltas por la excitación de la noche anterior. Adiós, en Lowell como en Frisco, todo es gris del grisáceo del final, casi se puede oler una lluvia de perros en el aire. Adiós Jack en tu féretro tu incongruente traje sport a cuadros negros y blancos, tu comisa celeste, tu corbata roja, el rosario entre las manos y el rostro frío, tus ojos maquillados, blanco como el talco. Adiós Jack, con tus sueños rotos, solo como ahora Memere. Los amigos pedirán disculpas por no haber llegado a tiempo.

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