domingo, 16 de marzo de 2008

Tramite minimalista


a: Fabiana Fernández
“ ...que por doler me duele hasta el aliento... “
Miguel Hernández.

Estábamos en una sala de paredes blancas, recientemente pintada, había otras personas que venían a hacer el mismo trámite. Aguardábamos en silencio prendiendo un cigarrillo tras otro. Todo nuestro dialogo estaba marcado por gestos, una mano que ofrece un paquete de cigarrillos, un encendedor que se acerca para encenderlos, un caminar inquieto, sin ganas, abatido, de aquí para allá. Un silencio que no era molesto porque ambos pensábamos las mismas cosas. La miraba y pensaba que mal lo estábamos pasando, pensaba que sentía que estuviéramos pasando por toda esa mierda, pensaba que quería decirle que no teníamos que rendirnos, aunque uno no sabe muy bien porque no hay que rendirse cuando no se da mas, pero que por alguna razón no teníamos que rendirnos.
También pensaba en otros tiempos, pensaba en asados en el patio de casa, en vacaciones compartidas, en la alegría de correr detrás de nuestros hijos. Pensaba en cada minuto que habíamos vivido en los últimos dos meses.
La calefacción estaba muy fuerte. Contrastaba con la atermia que generaba el haber dormido nada en los últimos dos días. Contrastaba con el frío de mayo en Buenos Aires. Contrastaba con los abrigos que aun teníamos puestos.
-García – Llamó el tipo vestido con overol azul. Tendría unos 50 años, vestido con ropa de operario de fábrica, era delgado, muy delgado; como un personaje de Becket, pensé; lo acompañaba otro tipo vestido con esa misma ropa azul, de ese azul claro de ropas desteñidas por el uso, descoloridas.
-García – dijo por segunda vez. Entonces nos acercamos al mostrador de mármol que cruzaba el vano de una abertura, que parecía haber sido una puerta antes de las reformas que evidentemente le habían hecho al lugar. Los tipos estaban dentro de un pequeño despacho que tenia el mostrador de mármol por todo mobiliario, y un enorme libro de registros sobre él, que tenia una lapicera bic azul atada de un hilo, seguramente para que nadie se la pudiese llevar. El despacho se abría a la sala de espera donde aguardábamos con Fabi.
Apagamos los cigarrillos que habíamos encendido un minuto antes y nos paramos frente al mostrador. El más joven tenia unos herrajes de fundición en las manos.
-García –dijo por tercera vez el hombre de overol azul, pero esta vez lo hizo casi murmurando, mientras escribía en el pesado libro porque sabia que estábamos esperando frente a él, -Qué van a hacer con García?, agregó sin levantar la vista. Tampoco hubiéramos soportado que alguien nos mirara a los ojos en aquel momento. En cambio si entre nosotros nos hubiésemos podido intercambiar una mirada, seguramente hubiésemos roto el silencio con un llanto que ni ella ni yo nos podíamos permitir.
A su pregunta le respondimos con un silencio que reflejaba la imposibilidad de saber a que se refería.
-Qué destino le van a dar, - dijo tratando de aclarar su pregunta -, lo van a llevar a domicilio?.
-Sí-, fue toda mi respuesta, una respuesta automática, apresurada, para evitarle a Fabi que contestara, que tuviera que ponerse a pensar en aquel momento que destino le daría. Fue un sí seco, apresurado, frío; solo un sí.
El tipo de overol azul extendió el pesado libro donde en él ultimo renglón decía
“Raúl García, domicilio” y había un espacio en blanco donde Fabi firmó.
Los tipos se fueron sin decir palabras por una puerta que había en el final del despacho y volvieron unos minutos después. El mayor tenia entre sus manos una pequeña urna de madera rubia y el mas joven los herrajes de fundición plateada en sus manos y una chapa que apoyó sobre el mostrador.
Fabi tomó la urna entre sus manos, se estremeció al sentir la temperatura y casi murmurando dijo –Esta caliente. Como si la temperatura fuese un signo siniestro de vida.
Nos fuimos en silencio, atravesando un laberinto de asépticos y blancos pasillos, un largo camino hasta la salida, que daba a un universo de mármol. Había hojas secas por todos lados, de los árboles caían más. Era mediodía en Buenos Aires, el frío nos golpeaba la cara. Tome del brazo a Fabi y recordé cuando todos éramos felices; pensé que las cosas ya no volverían a ser como antes. Llegamos al estacionamiento, subimos al auto, ya en el exterior nos llegó desde una pintada sobre un muro una frase del “Che” para negar alguna muerte injusta: “El que vive en el corazón de los demás, nunca morirá”. Salimos en silencio sabiendo que aquello era simplemente un trámite más del ritual.

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