domingo, 16 de marzo de 2008

Variaciones sobre el libro de Arena de Jorge Luís Borges


“La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinita de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un infinito número de volúmenes... No, decididamente no es este, “more geométrico”, el mejor modo de iniciar el relato de esta historia. Afirmar que lo sucedido es verídico es casi una convención de toda historia fantástica, esta sin embargo es verídica”.[1]

Así empezaba la carta que me llegó desde Buenos Aires, ciudad que había abandonado por los infortunios dolorosos del desencanto y la desilusión. En Buenos Aires, el amor y la pasión transpiran sufrimiento, derramando posesión y codicia. Como en el tango, las relaciones amorosas se consumen en el caldo de la amargura, de las traiciones y del abandono. En esas circunstancias arme las valijas, cargue mi pena y partí, tratando de no dejar huellas tras mis pasos, con el solo sentido de escapar de todos, hasta de mi propia identidad, de mi propia historia.

Esa carta fue el primer contacto con la ciudad en la que había nacido y con la que hoy solo me unía los cuerpos de mis padres que se encontraban en una bóveda familiar en el Cementerio de Flores. Por alguna razón que hoy no podía precisar, yo había recalado en Bombay, para ejercer viejos sueños orientalistas.

Aun no puedo explicarme como después de tanto tiempo dio con mi paradero, teniendo yo la seguridad que un empleado de cementerio jamas podría recordar la dirección desde la cual recibe anualmente un cheque que cancela los servicios de una bóveda.

Voy a ser clara, esta carta tiene la sorpresa de lo familiar, no la esperaba pero tampoco me sorprendió. Cuando abandoné Buenos Aires, tenía la idea que era el juego de las escondidas. Reconozco que amé a ese hombre con el fuego de la pasión y la paz de la ternura, pero no es menos cierto que escape de su horrible cuerpo viejo, para guardar el recuerdo de su voz y de su dulce resignación. Quizá esta carta desesperada llega hoy contrariando su voluntad de dejarme libre y denotando que, como yo, él no tuvo la posibilidad de volver a amar.

Nos conocimos en el ´34. Era yo una delgada amante de los bellos poemas y él lo sabía, cuando una tarde entre comentarios bibliográficos, me deslizó un poema:

“Solo puedo ofrecerte mi soledad,
mi oscuridad
el hambre de mi corazón.
Estoy tratando de sobornarte
Con mi incertidumbre.
Con mi fracaso.”[2]

Entonces llegó aquella carta, aquel relato que contaba como había adquirido un viejo tomo de exagerado peso. Un volumen en octavo, encuadernado en tela, que sin duda había pasado por muchas manos antes de llegar a él. En el lomo decía Holy Writ – Bombay.

La carta no era un relato amoroso, no podría compararlo con los poemas de aquellos tiempos o con otras extensas cartas de caligrafía cuidada y pluma deliciosa que escribía por el día mientras yo trabajaba, y me leía con pasión por la noche cuando nos encontrábamos. Esta carta era mas bien una súplica, pero también una exigencia. Podía ver ahora que él siempre ejercía presión sobre mí, para conseguir lo que él deseaba. La súplica era una exigencia a la que yo no podía negarme, por este motivo había huido hacía ya 15 años.
Esta vez me pedía una ayuda que no podía desoír. Entonces allí estaba yo, cediendo ante su indefensión, acatando su mandato: “Te pido que trates de encontrar algún dato”.
Investigué, infructuosamente investigué, recorrí bibliotecas, santuarios, embajadas, archivos, nadie sabía nada de tal libro.

Pero él lo tenía en sus manos y podía leerlo, intentar quiero decir, porque según me contaba en sucesivas cartas, los caracteres eran extraños, en páginas gastadas de una pobre tipografía. Era una especie de Biblia de texto apretado, a dos columnas y ordenada en versículos, y en el ángulo superior de cada pagina una cifra arábiga. Lo único que él podía entender con su lectura, pero sin embargo, no entendía, ya que la numeración era arbitraria y anárquica. Digamos que a la página 40.514 le continuaba la página 999.

Primero me gustó el reencuentro, luego pensé en no responder, pero el deseo siempre se termina imponiendo al temor. Jamás me contestó como encontró mi paradero.

No me escapaba de él; pero me escapaba de él. Él no me haría ningún daño, ni me lo había hecho jamás, era yo quien me hacía daño con el solo acercamiento. Cuando abandoné Buenos Aires, creía que era él, su personalidad, su exigencia solapada, su cuerpo viejo de lo que escapaba. En cambio ahora lo sé, me escapé, me escapo del amor. El amor es mi enfermedad. Estar enamorada me pone irreconocible, aparecen los sentimientos mas viles y el otro es simplemente una presa de la cual depende mi subsistencia. El amor me hace caníbal, capaz de devorar y poseer al hombre como si este solo fuera alimento.

Durante largos años pensé que él era eterno, lo sabía todo, lo aprendía todo, tenía siempre la misma figura, para él el tiempo no pasaba, una especie de Dorian Gray pero viejo.

Cuando contaba de la antigüedad del libro, de sus características, de su sospecha de que aquel era el libro del destino, el libro de todos los libros; yo pensaba que hablaba de si mismo.

Había cambiado ese libro por el dinero completo del último haber jubilatorio y por una Biblia vieja y roída del siglo XV, que según él era una herencia familiar, pero en realidad la había robado en una iglesia metodista en el sur de Chile, con el pretexto de que él le daría mejor uso. Y se lo dio: se compró un pasaje de ida a lo siniestro, un pasaje de ida a la locura.

Fui recibiendo una y otra carta con comentarios que no terminaba de comprender. Como él era tan erudito yo tampoco intentaba profundizar en sus comentarios, no me interesaba a tal punto. Pero allí había sufrimiento, y creo haber dicho que soy una mujer sensible al sufrimiento y a la pena de los otros. Me dolía tanto padecimiento por un libro.

Primero hablaba del libro de los libros, luego cuando se dio cuenta que no podía volver a encontrar nuevamente una pagina, que su número de páginas era infinito, que era imposible encontrar la primera y la última hoja, lo empezó a llamar el Libro de Arena. Ni el libro ni la arena tienen principio ni fin.

El libro se transformó en una obsesión para él y él se transformó nuevamente en una obsesión para mí. Como en otros tiempos no podía dejar de pensar un solo minuto en él y él sólo pensaba en mí en tanto yo podía ser un nexo y averiguarle algo desde Bombay, algo que le fuera de utilidad . Mientras guardó esperanzas sobre la posible recolección de datos, me escribió.

Al principio recuerdo una extensa carta donde elucubraba una geometría distinta para leer el libro, pensaba que no era en absoluto con las coordenadas cartesianas, como llegaría a decifrarlo. El libro, formaba parte de un espacio particular, era simplemente infinito. Peor no era infinitamente pesado, ni tampoco imposible de ser sostenida por las manos humanas. Pensaba que le libro era una ficción, que su percepción no era una percepción material; pensaba que el libro generaba, una especie de alucinación colectiva que lo hacía real aún no siéndolo, que sólo era pura realidad psíquica colectiva.

Me preocupaba su obsesión y la mía, él era mi karma y su karma era el libro, cuando se dio cuenta que guardaba un mágico valor, temió que se lo robaran y lo ocultó. Dejó de frecuentar a los pocos amigos también dejo de escribirme.

Se dio cuenta que el libro era un monstruo, cuando ya estaba carcomido por él. Intentó reencontrarse con la realidad, pero ya era tarde. Comenzó a escribirme nuevamente, pero ya no podía entender su letra, que se fue transformando hasta convertirse en símbolos ilegibles, quizá como los del libro.

Pensé regresar a Buenos Aires, pero me propuse torcer el destino, me abstuve.

Deje de contestar sus cartas pero seguían llegando. En alguna entre toda esa simbología extraña escribía claramente: “te lo suplico, tratá de ayudarme.”

Hasta que llegó la última carta, un montón de carillas de extraña tipografía y hacia el final un párrafo más o menos legible: “ Comprendí que este libro es un monstruo, y no menos monstruoso soy yo que puedo percibirlo con mis ojos y palparlo con mis manos, siento que soy objeto de una pesadilla de algo obsceno que inflama y corrompe la realidad”. “ Recordé – seguía más abajo el párrafo – haber leído que el mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque.”[3]

Meses después recibí una carta con membrete de un escribano de la calle Azcuénaga, informándome de su muerte. Me apiadé de él, pensé que sólo había perdido un cuerpo que no merecía, pero temí por el paradero del libro. Había yo observado desde la distancia, cómo aquel viejo eterno iba desapareciendo en la locura de una obsesión. Mis manos que otrora habían recorrido su cuerpo, cada uno de los pliegues, cada una de sus añosas arrugas, hoy temblorosas, sostenían la carta que me informaba del infortunio de la muerte. Había yo aprendido a amar hasta los sentimientos más repulsivos con aquel cuerpo, había disfrutado cada uno de sus extraños olores. Y lo había abandonado, había abandonado mi amor, por sentir que siempre otra obsesión lo alejaría de mí. Ahora sé que el amor es un sentimiento mezquino y posesivo que hace que lo peor de mí se ponga de manifiesto.

El viajaba de obsesión en obsesión; su colección de Biblias, la Enciclopedia Británica, la Biblioteca de la calle México; siempre algo más importante que entregarse al amor o a la muerte.

Pero la muerte lo sorprendió en su más dura obsesión. El destino puso en sus manos el Libro de Arena. La locura perfecta para alguien que no puede abandonar una lectura. El libro de la lectura eterna. El lugar donde las cosas no se acaban, el goce perfecto. La muerte se encarga siempre de poner límite, de hacer borde, de terminar con la ficción.
Tal escribano me citaba en Buenos Aires. Decidí no viajar, había jurado no regresar. Estaba bien en Bombay con mi puesto de agregada cultural de la embajada Argentina en la India.

Le envié una carta donde le informaba sobre la imposibilidad de viajar y la necesidad de tener más datos sobre la muerte de Jorge. Así se llamaba, hoy lo puedo nombrar sin recordar su cuerpo. Con la sonora palabra de su nombre. Jorge.

Me envió un sobre lacrado con la firma de un apoderado y unos comentarios someros sobre la confusa muerte. Se había encerrado en su casa y había tirado las llaves del viejo departamento del cuarto piso que daba a la Av. Belgrano a pocos metros de la calle San José. Habían encontrado papeles quemados y tal vez lo más curioso y lleno de misterio: el piso estaba cubierto de una finísima y blanca arena, que los peritos no pudieron descifrar su procedencia ya que en toda la ciudad no encontraron arena similar. Los muebles hasta la mitad tapados y él lo habían encontrado sentado en su escritorio cubierto por una tenue capa de aquella arena.

El escribano - decía en su carta – hubiera deseado entregarme en mano aquel sobre. La policía estaba investigando el episodio y necesitaba cualquier información que pudiera ayudar a develar el misterio de los hechos. Seguramente me contactarían, sabían de aquel sobre.

Cuando lo abrí contenía una carta escrita en un papel amarillento y un buen puñado de arena, la reconocí era la misma que cubre las playas que dan al Mar Arábigo. La carta decía: “En la Biblioteca Nacional, a mano derecha del vestíbulo hay una escalera curva que se hunde en el sótano, donde están los periódicos y los mapas, a unos cuarenta centímetros de la puerta, en el tercer estante.” Luego de leerla varias veces quemé la carta, sabiendo que estaba quemando una evidencia.

Nunca supe nada más. Me trasladaron por trabajo a Noruega, se borraron las huellas del caso en el olvido de los archivos policiales. Mi vida había sido siempre un viaje para escapar de las pasiones que atentan contra la libertad. Temía ser involucrada en aquel episodio tan extraño. Borre los rastros tras mis pasos, no era la primera vez. Huí.

Pero a cualquier parte del mundo llegan noticias sobre la cultura argentina. Hace tiempo que no trabajo en contacto con argentinos. Pero leí que en abril se realizaría la inauguración de la Nueva Biblioteca Nacional, que son vastos los esfuerzos para trasladar sus novecientos mil volúmenes.

Entonces comencé a tramar mi regreso, no vaya a ser que algún pobre diablo se le ocurriera llevárselo y se metiera en un mundo siniestramente loco.

Después de aquella muerte, que creía yo nunca ocurriría, puedo regresar, ya no tengo que escapar de un cuerpo para encontrar una palabra. Después de todo también yo estoy vieja y bien podría entretenerme un poco con ese libro. Siento algo en mi interior que me grita desde mi interior y agita una curiosidad sin límites. He notado que en estos años posteriores a la muerte de Jorge, aquel puñado de arena que aún conservo en mi cartera casi como un amuleto, ha aumentado.

Regresar es casi una responsabilidad ciudadana. Aunque tal vez regrese para hacerme cargo de una súplica descarnada, creo haber dicho que soy una mujer sensible a los reclamos. Vuelvo tal vez para seguir con el engaño de creer que quien responde a la indolencia de los otros, responde desde el amor y no desde un profundo problema de consciencia.
Después de todo, el camino está trazado y una mujer siempre recorre el camino del amor a ciegas, sin saber a ciencia cierta qué hay del otro lado de la puerta. Una puerta que podemos tardar mucho tiempo en abrir pero tarde o temprano la atravesamos para no descubrir nada.

[1] “El Libro de Arena” Jorge Luis Borges
[2] Jorge Luis Borges.
[3] Jorge Luis Borges – “El Libro de Arena”

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