
“Si no mato a esa rata se morirá”
Samuel Beckett
Muchas veces las palabras nos abandonan, a veces no son mas que literatura. A veces los seres no son más que parlantes vacíos. La informe figura de la nada.
Camino, es de noche aun, el amanecer no se hará esperar. Hace unos minutos estaba en casa, sin poder dormir. Mirando la pared. Viendo la luz que se extingue. Mi luz que se extingue. Un universo gris, negro claro.
Estaba maldiciendo a mis padres, a esos fornicadores. No se. ¿Cómo puedo saberlo?. No entiendo. No entiendo palabras como ayer o mañana. Que significa ayer, si la naturaleza nos ha olvidado. La naturaleza no existe si sólo respiro, si se me cae el pelo, si pierdo los dientes, como voy perdiendo las ideas y la soberbia de... ¿De cuándo?.
Miro mi luz que se va extinguiendo, ya no puedo dormir. Si pudiera, haría el amor en sueños, correría por el bosque o la playa, vería otro cielo, celeste pleno de sol. Pero ya es tarde. Un día voy a quedarme ciego, un día sentado en cualquier lugar, con esa pared adelante, lleno de vacío, para siempre en la oscuridad. Un día voy a decir: “estoy cansado, voy a sentarme” y voy a sentarme. Después voy a decir: “tengo hambre, voy a buscar algo para comer” y no voy a pararme, voy a quedarme sentado pensando que estoy yendo a buscar algo para comer, pero voy a estar sentado. Entonces voy a decir: “Me voy a quedar sentado un rato más”. Después voy a decir: “tengo sueño, voy a cerrar los ojos para dormir un poco” y cerraré el ojos y dormiré pero cuando los quiera volver a abrir no voy a poder. Entonces voy a imaginar la pared y la pared que imagino es la misma que ahora tengo enfrente llena de vacío. Entonces voy a pensar: “estoy muerto”, pero no voy a estar muerto, es como morirse sin muerte. La nada que rodea la nada, rodeado de nada en un universo gris, negro claro.
No tengo la necesidad de creer. Siempre el horror de vivir frente a la imposibilidad de morir. Lo bueno es no haber nacido jamás, el bien se hace muriendo. Pero el hombre no morirá, maldigo a los progenitores, nada que no haya tenido vida, morirá.
Todo se va degradando en el camino del silencio de esta nada, entonces el lenguaje está condenado a decir de su imposibilidad.
Aun así, no tuve desde aquel día la necesidad de creer, pero si algún día lo necesitara y pudiera volvería a creer.
Todas estas palabras son el eco de esta historia que quiero contar. Una historia que un día pasó, que simplemente pasó. Una vez estuve a punto de ser muerto por un hombre y desgraciadamente eso no ocurrió, realizó un trabajo a medias y me dejó medio muerto, pero medio muerto, no muerto, medio muerto es vivo y estar vivo a medias no es más que el destino de la humanidad.
Desde siempre camino, como ahora que salí de noche, por la calles de Dublín, es el recorrido habitual, el de todos los amaneceres, de todas las mañanas hasta cerca del medio día, cuando la niebla comienza a disiparse. Camino embriagado por mi propio silencio, con cierta imposibilidad de darme respuestas.
Salgo de casa en la insistencia de la noche y hago siempre el mismo recorrido, salgo por Crumlin Rd. y camino hasta el canal del sur, tomo por Parnell Rd. y bordeo el canal, impregnándome de ese persistente olor a levadura de cerveza, que es mas fuerte que mis sentidos, allí algo de la rutinaria espera de la nada, se contamina con las percepciones olfativas. Sigo adelante por el camino trazado, envuelto en la bruma que llega desde el río, que impide ver mis desgastados zapatos, voy por Grove Rd. hasta Pombroke Rd. cruzo el puente rumbo a Stephanie Baggot y de allí a la Estación de Westland Row, me invaden las voces de los dublineses que van y vienen con sus destinos de trabajo y falsa alegría. Apuro el paso por Doller St. Hasta tomar contacto con el Liffey. La bruma empieza a perder su eterna guerra con la luz y los grises ceden y los verdes le dan color a toda Ireland.
Salgo en la insistencia de la noche y voy de la oscuridad a la luz como quien recorre un túnel, voy del negro al verde esperando que los rojos me invadan por completo, esperando que el rojo de la sangre den lugar al negro más profundo, al sentido único de la existencia. “El bien se hace muriendo”.
Salgo de noche aun, a hacer el recorrido matinal, todos me conocen pero cuando me cruzan no me miran, a mi paso aceleran su paso y agachan la cabeza. Sé que el respeto a mi silencio es su reconocimiento. Camino hasta el Liffey, camino mis calles de siempre, cuando llego a Westland Row, donde la niebla se disipa, lo veo, él está allí, ese congénere que como yo repite su rutina, se que me espera como yo espero encontrarlo, todos los días de todos los meses él esta ahí, como una presencia, como está la estación de Westland Row, como estoy yo, en Westland Row. Soy como el tren de las 7.45, aseguro la puntualidad de mi paso, él es como el edificio, allí esta a toda hora y por lo visto eternamente. Me creo tan pobre como él, pero lo soy más. El tiene esa daga de empuñadura de marfil y doble filo curvo con la que juega mientras espera.
Tengo que salir todas las mañanas aunque sea un suicidio andar por ahí. Pero de lo contrario ¿Qué hace uno en la casa?. Si es un lento diluirse. Si estoy blanco, cubierto de polvo hasta los pelos. Tengo que salir para ir echando pestes en silencio. Tengo que salir de mi casa para encontrar una pregunta como respuesta. Tengo que salir de mi casa para ir echando pestes en silencio, pensando en la madrugada fría en que fui concebido. Salgo en la insistencia de la noche porque no puedo conciliar el sueño. Camino hasta el mediodía, las calles son mi casa, esta ciudad donde la niebla se confunde con la bruma es mi casa, camino hasta que los verdes le ganan a los grises. Camino para verlo sentado esperando, jugando con su daga. Camino las calles católicamente protestantes de mi Ireland
Camino esperando el día que decida pararse y abrirme el vientre con su filosa daga. Espero el día que mi carne consienta el derroche de los rojos de la sangre. Pero hoy como ayer y antes de ayer y antes de antes de ayer, es tarde. Es tan tarde que no me animo a mirar el reloj de Westland Row. Cuando abandoné la casa era tarde, ahora es demasiado tarde, doblemente tarde. Era tarde ya aquella fría madrugada en que fui concebido.
Camino cada amanecer de insomnio, camino por este laberinto de casas que es Dublín, camino y mis pasos son lo único que no es literatura, lo único que no es utopía o simulación, lo único que no es engaño. Camino mientras la cosa no intenta absorber el flujo del simulacro. Mis pasos son mi realidad, paso a paso mi presente anda y es mas que la palabra envoltorio de la cosa. Camino y no me llega nada o me llega la variedad de la nada. Cada rostro, cada gesto, tienen la misma realidad que las fachadas de las casas, que el olor a levadura de cerveza negra de la fábrica Guinness, la misma realidad del canal, del Liffey, una realidad envuelta en los grises del silencio y de la injusticia de la seguir muriendo perpetuamente. Solo él me permite saber del fino hilo que separa la realidad de la literatura. Él y su daga.
Es tarde, aquí nunca pasa nada, no pasará nunca jamas nada. O si las cosas pasan, después vuelven a sus estanques. Como aquel día cuando me levanté del insomnio nocturno, una madrugada y abandoné la casa maldiciendo la fría noche de enero en la que nací. Como aquel día que fue el primero de la cuenta, de una cuenta que solo sabe de calles hasta Westland Row. Tendría que haber sido un aborto. Salí a la calle oscura, la niebla era espesa y salí a caminar hasta el Liffey como ahora, esperando que al fin pasara algo, como ahora. Esperaba entonces, hoy la esperanza no interviene en esta espera. Esperaba que la conjura estelar acordara con el azar, que los astros se ordenaran de tal forma que la rutina se rompiera y que los grises dieran paso a los verdes. Aun creía, no he tenido la necesidad de creer desde aquella mañana en Westland Row. Llegué preguntándome cómo dar muerte al muerto que me habitaba y allí estaba él, tirado frente a la entrada de la Estación de Westland Row, tirado jugando con su daga, esperando. Aquel hombre esperaba. Entonces me mató, o no, no se. Estaba determinado, escrito, puesto en letras en algún lugar de la literatura. La fortuna del azar, los dados del universo echados por la mano del señor de las escrituras. Entonces no es necesario creer. Aquella mañana que temprano salí de la casa maldiciendo el hecho de haber nacido, encontré la forma de perder la fe, la esperanza, la creencia. Entonces no es necesario creer, el destino es inasible, acaece, ocurre. Aquel día no tenia que morir, nada que esta muerto puede morir, nací muerto, entonces gané la inmortalidad de seguir la rutina de mis pasos, de caminar desde Crumlin Rd. a Westland Row y después hasta la orilla Sur del River Liffey. Nací muerto pero no es una cualidad de esta mi rutina. La humanidad ha nacido muerta y ese es su destino de inmortalidad.
Camino Dublín, que es mi infierno y mi purgatorio, esta ciudad contradictoria y creyente, camino la ciudad de la fe, con el polvo del ostracismo sobre el cuerpo. No entendía entonces, no entiendo ahora. El destino, la encrucijada, los caminos que se cierran en la ciudad donde la bruma se mezcla con la niebla, sobre la espesura de la niebla de Dublín, desapareciendo a la hora que los verdes le ganan a los grises en el eterno juego del doble espejo, en la repetición, en la insistencia, en lo que no cesa de no ocurrir. Para teñir con sangre la bruma, verde, verde, sangre y bruma. La niebla cerrándose al mediodía sobre una ciudad fantasma, perdida en la bruma de los mares helados, del Mar del Norte, como un barco a la deriva navegando hacia la nada. La daga penetrando la carne, la bella daga de marfílica empuñadura, con su hoja de doble filo, curva. La daga desgarrando la carne joven, desgarrando la terquedad del cuerpo, rajando la robustez de la carne, penetrando las vísceras. Multiplicando los verdes en rojos, matando mis ansias de comerme la vida.
Sin oráculos, recorro las imágenes de una fría madrugada en Foxrock, de una fría madrugada de enero en Foxrock. La imágenes de los rostros de mis padres. La imagen de mi boca echando pestes en voz baja. La imágenes del día en que nací. Las imágenes del error de haber nacido.
Entonces comprendo que ya era tarde, demasiado tarde, era tarde cuando salí de casa porque era tarde aquel día de enero en Foxrock cuando nací. Era tarde porque nada puede detenerse, es un continuo, algo que marcha, algo que camina hasta Westland Row y de allí, a las orillas de Liffey, es algo que marcha y hiede a levadura de cerveza negra de la fábrica de Guinness, una mierda que marcha. Entonces es demasiado tarde, triplemente tarde. Tarde. Tarde.
Por la ciudad de Dublín, donde la bruma se mezcla con la niebla, de Crumlin Rd. a Westland Row, con el olor del Liffey, hasta la daga de doble filo, esperando que los dados del universo se agiten, que los grises sean verdes y estos den paso al rojo de la sangre para que triunfe el más oscuro de los negros, que el gris sea negro plomo claro de un particular mediodía.
Él espera, yo ya no espero. Soy el fantasma de Samuel Beckett, caminando sobre el verde plomo bruma rojo sangre de Dublín. Soy el fantasma que camina maldiciendo a sus padres, echando pestes en silencio por el infortunio de haber nacido, sin vida como cualquier otro congénere. Nada que no haya tenido vida podrá morir.
Esta es la inercia del final, seguirán ocurriendo las cosas en el juego del doble espejo, una repetición de los ecos del sueño de un dios niño e imperfecto, arrojando los dados. Mientras esto siga es el fin. El fin como finalidad y no como culminación, este es el fin que marcha, que insiste, con la insistencia del aun.
Camino voy de Westland Row al olor de River Liffey, de la bruma gris al sangriento domingo sangriento a mi verde Ireland y me pregunto: ¿Por qué?.
Samuel Beckett
Muchas veces las palabras nos abandonan, a veces no son mas que literatura. A veces los seres no son más que parlantes vacíos. La informe figura de la nada.
Camino, es de noche aun, el amanecer no se hará esperar. Hace unos minutos estaba en casa, sin poder dormir. Mirando la pared. Viendo la luz que se extingue. Mi luz que se extingue. Un universo gris, negro claro.
Estaba maldiciendo a mis padres, a esos fornicadores. No se. ¿Cómo puedo saberlo?. No entiendo. No entiendo palabras como ayer o mañana. Que significa ayer, si la naturaleza nos ha olvidado. La naturaleza no existe si sólo respiro, si se me cae el pelo, si pierdo los dientes, como voy perdiendo las ideas y la soberbia de... ¿De cuándo?.
Miro mi luz que se va extinguiendo, ya no puedo dormir. Si pudiera, haría el amor en sueños, correría por el bosque o la playa, vería otro cielo, celeste pleno de sol. Pero ya es tarde. Un día voy a quedarme ciego, un día sentado en cualquier lugar, con esa pared adelante, lleno de vacío, para siempre en la oscuridad. Un día voy a decir: “estoy cansado, voy a sentarme” y voy a sentarme. Después voy a decir: “tengo hambre, voy a buscar algo para comer” y no voy a pararme, voy a quedarme sentado pensando que estoy yendo a buscar algo para comer, pero voy a estar sentado. Entonces voy a decir: “Me voy a quedar sentado un rato más”. Después voy a decir: “tengo sueño, voy a cerrar los ojos para dormir un poco” y cerraré el ojos y dormiré pero cuando los quiera volver a abrir no voy a poder. Entonces voy a imaginar la pared y la pared que imagino es la misma que ahora tengo enfrente llena de vacío. Entonces voy a pensar: “estoy muerto”, pero no voy a estar muerto, es como morirse sin muerte. La nada que rodea la nada, rodeado de nada en un universo gris, negro claro.
No tengo la necesidad de creer. Siempre el horror de vivir frente a la imposibilidad de morir. Lo bueno es no haber nacido jamás, el bien se hace muriendo. Pero el hombre no morirá, maldigo a los progenitores, nada que no haya tenido vida, morirá.
Todo se va degradando en el camino del silencio de esta nada, entonces el lenguaje está condenado a decir de su imposibilidad.
Aun así, no tuve desde aquel día la necesidad de creer, pero si algún día lo necesitara y pudiera volvería a creer.
Todas estas palabras son el eco de esta historia que quiero contar. Una historia que un día pasó, que simplemente pasó. Una vez estuve a punto de ser muerto por un hombre y desgraciadamente eso no ocurrió, realizó un trabajo a medias y me dejó medio muerto, pero medio muerto, no muerto, medio muerto es vivo y estar vivo a medias no es más que el destino de la humanidad.
Desde siempre camino, como ahora que salí de noche, por la calles de Dublín, es el recorrido habitual, el de todos los amaneceres, de todas las mañanas hasta cerca del medio día, cuando la niebla comienza a disiparse. Camino embriagado por mi propio silencio, con cierta imposibilidad de darme respuestas.
Salgo de casa en la insistencia de la noche y hago siempre el mismo recorrido, salgo por Crumlin Rd. y camino hasta el canal del sur, tomo por Parnell Rd. y bordeo el canal, impregnándome de ese persistente olor a levadura de cerveza, que es mas fuerte que mis sentidos, allí algo de la rutinaria espera de la nada, se contamina con las percepciones olfativas. Sigo adelante por el camino trazado, envuelto en la bruma que llega desde el río, que impide ver mis desgastados zapatos, voy por Grove Rd. hasta Pombroke Rd. cruzo el puente rumbo a Stephanie Baggot y de allí a la Estación de Westland Row, me invaden las voces de los dublineses que van y vienen con sus destinos de trabajo y falsa alegría. Apuro el paso por Doller St. Hasta tomar contacto con el Liffey. La bruma empieza a perder su eterna guerra con la luz y los grises ceden y los verdes le dan color a toda Ireland.
Salgo en la insistencia de la noche y voy de la oscuridad a la luz como quien recorre un túnel, voy del negro al verde esperando que los rojos me invadan por completo, esperando que el rojo de la sangre den lugar al negro más profundo, al sentido único de la existencia. “El bien se hace muriendo”.
Salgo de noche aun, a hacer el recorrido matinal, todos me conocen pero cuando me cruzan no me miran, a mi paso aceleran su paso y agachan la cabeza. Sé que el respeto a mi silencio es su reconocimiento. Camino hasta el Liffey, camino mis calles de siempre, cuando llego a Westland Row, donde la niebla se disipa, lo veo, él está allí, ese congénere que como yo repite su rutina, se que me espera como yo espero encontrarlo, todos los días de todos los meses él esta ahí, como una presencia, como está la estación de Westland Row, como estoy yo, en Westland Row. Soy como el tren de las 7.45, aseguro la puntualidad de mi paso, él es como el edificio, allí esta a toda hora y por lo visto eternamente. Me creo tan pobre como él, pero lo soy más. El tiene esa daga de empuñadura de marfil y doble filo curvo con la que juega mientras espera.
Tengo que salir todas las mañanas aunque sea un suicidio andar por ahí. Pero de lo contrario ¿Qué hace uno en la casa?. Si es un lento diluirse. Si estoy blanco, cubierto de polvo hasta los pelos. Tengo que salir para ir echando pestes en silencio. Tengo que salir de mi casa para encontrar una pregunta como respuesta. Tengo que salir de mi casa para ir echando pestes en silencio, pensando en la madrugada fría en que fui concebido. Salgo en la insistencia de la noche porque no puedo conciliar el sueño. Camino hasta el mediodía, las calles son mi casa, esta ciudad donde la niebla se confunde con la bruma es mi casa, camino hasta que los verdes le ganan a los grises. Camino para verlo sentado esperando, jugando con su daga. Camino las calles católicamente protestantes de mi Ireland
Camino esperando el día que decida pararse y abrirme el vientre con su filosa daga. Espero el día que mi carne consienta el derroche de los rojos de la sangre. Pero hoy como ayer y antes de ayer y antes de antes de ayer, es tarde. Es tan tarde que no me animo a mirar el reloj de Westland Row. Cuando abandoné la casa era tarde, ahora es demasiado tarde, doblemente tarde. Era tarde ya aquella fría madrugada en que fui concebido.
Camino cada amanecer de insomnio, camino por este laberinto de casas que es Dublín, camino y mis pasos son lo único que no es literatura, lo único que no es utopía o simulación, lo único que no es engaño. Camino mientras la cosa no intenta absorber el flujo del simulacro. Mis pasos son mi realidad, paso a paso mi presente anda y es mas que la palabra envoltorio de la cosa. Camino y no me llega nada o me llega la variedad de la nada. Cada rostro, cada gesto, tienen la misma realidad que las fachadas de las casas, que el olor a levadura de cerveza negra de la fábrica Guinness, la misma realidad del canal, del Liffey, una realidad envuelta en los grises del silencio y de la injusticia de la seguir muriendo perpetuamente. Solo él me permite saber del fino hilo que separa la realidad de la literatura. Él y su daga.
Es tarde, aquí nunca pasa nada, no pasará nunca jamas nada. O si las cosas pasan, después vuelven a sus estanques. Como aquel día cuando me levanté del insomnio nocturno, una madrugada y abandoné la casa maldiciendo la fría noche de enero en la que nací. Como aquel día que fue el primero de la cuenta, de una cuenta que solo sabe de calles hasta Westland Row. Tendría que haber sido un aborto. Salí a la calle oscura, la niebla era espesa y salí a caminar hasta el Liffey como ahora, esperando que al fin pasara algo, como ahora. Esperaba entonces, hoy la esperanza no interviene en esta espera. Esperaba que la conjura estelar acordara con el azar, que los astros se ordenaran de tal forma que la rutina se rompiera y que los grises dieran paso a los verdes. Aun creía, no he tenido la necesidad de creer desde aquella mañana en Westland Row. Llegué preguntándome cómo dar muerte al muerto que me habitaba y allí estaba él, tirado frente a la entrada de la Estación de Westland Row, tirado jugando con su daga, esperando. Aquel hombre esperaba. Entonces me mató, o no, no se. Estaba determinado, escrito, puesto en letras en algún lugar de la literatura. La fortuna del azar, los dados del universo echados por la mano del señor de las escrituras. Entonces no es necesario creer. Aquella mañana que temprano salí de la casa maldiciendo el hecho de haber nacido, encontré la forma de perder la fe, la esperanza, la creencia. Entonces no es necesario creer, el destino es inasible, acaece, ocurre. Aquel día no tenia que morir, nada que esta muerto puede morir, nací muerto, entonces gané la inmortalidad de seguir la rutina de mis pasos, de caminar desde Crumlin Rd. a Westland Row y después hasta la orilla Sur del River Liffey. Nací muerto pero no es una cualidad de esta mi rutina. La humanidad ha nacido muerta y ese es su destino de inmortalidad.
Camino Dublín, que es mi infierno y mi purgatorio, esta ciudad contradictoria y creyente, camino la ciudad de la fe, con el polvo del ostracismo sobre el cuerpo. No entendía entonces, no entiendo ahora. El destino, la encrucijada, los caminos que se cierran en la ciudad donde la bruma se mezcla con la niebla, sobre la espesura de la niebla de Dublín, desapareciendo a la hora que los verdes le ganan a los grises en el eterno juego del doble espejo, en la repetición, en la insistencia, en lo que no cesa de no ocurrir. Para teñir con sangre la bruma, verde, verde, sangre y bruma. La niebla cerrándose al mediodía sobre una ciudad fantasma, perdida en la bruma de los mares helados, del Mar del Norte, como un barco a la deriva navegando hacia la nada. La daga penetrando la carne, la bella daga de marfílica empuñadura, con su hoja de doble filo, curva. La daga desgarrando la carne joven, desgarrando la terquedad del cuerpo, rajando la robustez de la carne, penetrando las vísceras. Multiplicando los verdes en rojos, matando mis ansias de comerme la vida.
Sin oráculos, recorro las imágenes de una fría madrugada en Foxrock, de una fría madrugada de enero en Foxrock. La imágenes de los rostros de mis padres. La imagen de mi boca echando pestes en voz baja. La imágenes del día en que nací. Las imágenes del error de haber nacido.
Entonces comprendo que ya era tarde, demasiado tarde, era tarde cuando salí de casa porque era tarde aquel día de enero en Foxrock cuando nací. Era tarde porque nada puede detenerse, es un continuo, algo que marcha, algo que camina hasta Westland Row y de allí, a las orillas de Liffey, es algo que marcha y hiede a levadura de cerveza negra de la fábrica de Guinness, una mierda que marcha. Entonces es demasiado tarde, triplemente tarde. Tarde. Tarde.
Por la ciudad de Dublín, donde la bruma se mezcla con la niebla, de Crumlin Rd. a Westland Row, con el olor del Liffey, hasta la daga de doble filo, esperando que los dados del universo se agiten, que los grises sean verdes y estos den paso al rojo de la sangre para que triunfe el más oscuro de los negros, que el gris sea negro plomo claro de un particular mediodía.
Él espera, yo ya no espero. Soy el fantasma de Samuel Beckett, caminando sobre el verde plomo bruma rojo sangre de Dublín. Soy el fantasma que camina maldiciendo a sus padres, echando pestes en silencio por el infortunio de haber nacido, sin vida como cualquier otro congénere. Nada que no haya tenido vida podrá morir.
Esta es la inercia del final, seguirán ocurriendo las cosas en el juego del doble espejo, una repetición de los ecos del sueño de un dios niño e imperfecto, arrojando los dados. Mientras esto siga es el fin. El fin como finalidad y no como culminación, este es el fin que marcha, que insiste, con la insistencia del aun.
Camino voy de Westland Row al olor de River Liffey, de la bruma gris al sangriento domingo sangriento a mi verde Ireland y me pregunto: ¿Por qué?.

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